21.12.07

CINCO DEDOS - Consuelo Tómas

Aquella mano larga. Larga, pecosa, huesuda, arrugada que se apoyaba en el bastón como si fuese una prolongación de su propio cuerpo. Aquella mano larga, enfermiza, alicaída, que por momentos parecía ser independiente. A veces inmóvil, a veces con esos dedos que se movían como gusanos. Nunca le miraba esos ojos vidriosos detrás de una cortina de años a aquella mujer cansada, ni el rostro que parecía venir de esos retratos amarillos de otro siglo, uno de esos rostros que habitan casas llenas de recuerdos, velatorios, figuras de santos, encajes, tíos lejanos, novios perdidos. No le miraba tampoco el cuerpo pesado encima de la mecedora balanceándose entre reuma y asma. Ni los hombros enocogidos, cubiertos siempre por una mantilla tejida y opaca, con ese color que le va saliendo a las cosas que se guardan y no se usan nunca más. No le miraba el rosario que le colgaba del cuello, ese cuello arrugado con arrugas que venían callendo de una cascada de piel definitivamente fuera de servicio. No le miraba el camafeo eternamente prendido del pecho, como si al quitárselo de allí fuera a salirse el viejo corazón castigado por la edad. En realidad sólo le miraba la mano. Fina, larga, pecosa aferrada al bastón, presa de él.

Yo era una critura aún el día en que todo ocurrió. En casa todo el mundo pensaba que ella era eterna. Nunca creía que podía suceder. Ese día le miré nuevamente la mano, cinco dedos que flotaban en el aire libres, terriblemente libres y abiertos, definitivamente lejos del bastón.

No sé cómo pude equivocar el frasco de sus medicinas, por el de aquel tremendo veneno.


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© 2007, Consuelo Tomás
Tomado de "Cuentos rotos" (INAC, Panamá, 1991)
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