(...)
Perfume silvestre
de mangos maduros,
¿por qué me recuerdas
su seno desnudo?
—Rogelio Sinán, Balada del seno desnudo
En la vida y en los sueños el tiempo sucede solamente en la memoria. Sucesión de percepciones, en un año o en la vida no habría historia sino fuera por que podemos recordar parte de esa procesión continua de conversaciones, escenas, bailes, comidas, golpes que nos da la vida, besos, delicadas texturas y todo tipo de alegrías y amarguras. Todas esas cosas que hacen que ese fenómeno increíble de la naturaleza que somos cada uno valga la pena. Historia personal o universal. El universo entero existe solamente porque podemos recordarlo. Y algunas pocas veces, inventarlo.
Y es que la memoria de lo vivido y la de lo soñado es la misma. En el presente, que es cuando los recuerdos importan, da igual el sabor del mango soñado que el gusto, el aroma delicado de ese fruto único que algunas vez probamos y se nos quedó grabado eternamente. O al revés, buscamos esa pieza deliciosa, ese pedazo perfecto de universo idealizado que sólo hemos conocido inventando en nuestra memoria un recuerdo que no tenemos, pero deseamos, y que nos empuja poderosamente a hacer lo que sea necesario para tener. La realidad y la ficción tienen igual peso en nuestra mente. Y el futuro lo trabajamos empujados por la fuerza de ese recuerdo, igual soñado que vivido. Y la literatura es la herramienta que sirve para transmitirlos con precisión de persona en persona.
Siendo así, les confieso, que este último año ha sido uno de los más intensos en mi memoria. Intenso por cómo he vivido los días y las noches que me han tocado, pero sobretodo por las 52 semanas que pasé leyendo y compartiendo con ustedes una parte de los muchos fragmentos de universos personales que casi 150 escritores me enviaron a lo largo del año. Fragmentos de realidad que han pasado a ser parte del patrimonio de mis recuerdos y del vigoroso empuje que me lleva a buscar a inventar el futuro aún por vivir.
Y hoy estoy doblemente feliz, pues además de celebrar con la edición que cierra un año de miniTEXTOS.org, en Panamá es el Día del Escritor y fecha en que recordamos el natalicio de Rogelio Sinán, una de las figuras más destacadas de la literatura panameña.
En medio de esta celebración especial, satisfecho (momentáneamente) con todas las piezas de ficción y poesía que hemos compartido a lo largo de este año, les dejo con la edición #52 de miniTEXTOS.org, con un poema excepcional de Conny Palacios y cuatro relatos muy breves de Francisco Restom Bitar, José Córdova, Eduardo Soto y Manuel Orestes Nieto. Edición de aniversario, edición especial desde la que los invito a degustar todas las anteriores.
JLRP, editor
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25 de abril de 2008
MEMORIAS INTENSAS - Minipresentación, edición #52
QUEJA - Conny Palacios
El viento borracho de sol
irrumpió en mi isla este mediodía
enredó mi pelo con sus largas manos,
delineó mi rostro con sus finos dedos,
levantó mi blusa,
y con un soplo de su boca
me sentó en la arena.
Después agachándose
desató mis sandalias...
Le reclamé su atropello
y ni siquiera tuvo la gentileza
de darme una excusa.
Me dio la espalda
y con su alta desnudez a cuestas
se internó por la mar.
No satisfecho de su rudeza
regresó por la tarde,
pero ahora venía ebrio
de lejanías y soledades.
Retornaba con un fuerte aliento
a resaca y con olor a algas.
Venía llamándome
con la voz alucinada
de los marineros extraviados,
pero venía también
con las manos llenas
de miel y frutas...
Me invitó a tenderme en la arena,
pero no pude amarlo,
ni restañar su cansancio,
ni llenar su vacío,
ni abrazar su desamparo...
Oh Ulises,
porque llevo tu imagen
detenida
en mis pupilas.
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© 2008, Conny Palacios
Tomado de "Percepción fractal" (PAVSA, Managua, 1999)
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LA FIESTA - Manuel Orestes Nieto
La fiesta del viernes por la noche terminó como siempre. Los amigos se fueron bamboleando y ellos apagaron las luces.
El cubito de hielo, aún flotando en un dedo de ron, le dijo a la colilla de cigarrillo:
—¿Te diste cuenta? Toda la noche hablando de lo mismo. Todos los viernes repitiendo las mismas tonterías. Siempre los mismos chistes malos.
Y ella, sin comentarios, aburrida hasta el filtro, le dijo:
—¿Qué te parece si vamos a dar una vuelta, nos divertimos un poco y salvamos el resto de la noche?
---
© 2008, Manuel Orestes Nieto
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EL BILLETE GANADOR - Eduardo Soto
Conducía por Calidonia el auto que le debo al banco, y la he visto. Se bajaba por el lado del conductor de un carro doble tracción color champaña, con rines de lujo y tres hileras de asientos forrados con piel. Iba dentro de una blusita rosa y un diablo fuerte ceñido que, obsequioso, exponía al escrutinio público una carnalidad preciosa, firme y líquida a la vez, con unas joyas imperiales que hace treinta años no tenía. Se veía como una mujer hecha y derecha, de esas que no tienen prisas porque ya aprendieron a conjurar el incendio del volcán despierto que se agita en sus profundidades, y que sólo se desata en estropicio cuando ellas dan la voz de mando.
Llevaba el cabello recogido, lo que me permitió volver a mirar el cuello blanco y largo de otros tiempos, que ponía tenso cuando yo la aferraba para besarla a la fuerza, siendo entonces una niñita que todavía no soñaba con poseer el don de malabarista que se necesita para manejar el par de tacones que, esa tarde cuando la he visto, le hacían ver muchas pulgadas más alta de lo que realmente es.
"¡Cómo has cambiado, mujer!", dije en voz baja, pero con el tono de grito íntimo que tienen las lamentaciones cuando perdemos en la lotería. Y así fue que me sentí, un perdedor, y paso a explicar por qué.
Ella y yo fuimos lo que siendo púberes llamamos "novios", del tipo que surge en la escuela, cuando empiezan a gustarnos las chicas al mismo tiempo que nos molestan los pelos que aparecen como hierba mala por todo el cuerpo, cuando nos cambia la voz, y una y otra vez despertamos húmedos y verticales en las mañanas, mientras nos rehusamos a dejar las pistolas de salva, los trenes de juguete, y los muñecos G.I. Joe del vecino.
En ese tiempo la niña era flaca y bastante fea. Por eso aquel noviazgo para mí era temporal, como un diente de leche, que usaba para llegar a otra chica, una muchachota de cabellos largos y figura exuberante y salvaje que a todos nos traía locos. La flacucha me sirvió para obtener información estratégica sobre el objetivo: sus puntos débiles y sus fortalezas, sus gustos y fobias, virtudes y defectos y, por fin, el número de teléfono. Cuando tuve lo que quería, eché a un lado a la ingenua y pálida, de dentadura irregular atenazada con alambres, siempre aprisionada en aquella falda larga de convento, con voz de pajarita y ojos tristes que no hacían otra cosa que mirarme con boba languidez (en esos días yo era algo atlético, y mis buenas notas me tenían en posición privilegiada con algunas niñas). Le dije sin tapujos que me harté y que por favor no me llamara más. Hasta el sol de hoy ha sido así.
En aquellos días, cuando gocé con ser perverso y corrupto en los asuntos del corazón, cual político o empresario de hoy que usa la felicidad de otros como moneda de cambio para colmar sus voracidades, no me imaginé que ella se convertiría en el sol que vi aquella tarde. Nunca creí que debajo de la piel de esa chiquilla sin gracia se escondía semejante lindura, que esperó a que diera la espalda para salir a la luz, y vino a toparse conmigo una treintena de años después, provocándome el dolor de pecho que agobia a quienes, después de los sorteos de la lotería, se dan cuenta que tuvieron el billete ganador en sus manos, y lo desecharon en un repentino acceso de idiotez.
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© 2008, Eduardo Soto
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EL TATUAJE - José Córdova
La mulata francesa Claris se hace tatuar una pistola en cada nalga bien nutrida. Siguiendo el ritual de la bruja grande de Bocas del Toro, ya que así estaría protegida del violador en serie, y en serio, que estaba acabando con blancas, indias, mulatas y mestizas.
Al ser atacada en playa solitaria, a la luz de la luna cómplice, se defendió quitándose rápidamente el bikini. La policía se asombró de la fácil muerte del antisocial y siguen sin localizar el arma homicida.
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© 2008, José Córdova
Tomado de "2 veces breve dos" (Santiago, Chile, 2008)
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FANTASMAS EN APURO - Francisco Restom Bitar
Desesperada, Paloma del Carmen Zarzamorano y sus dos pequeñas hijas lloraban al borde del puente, mirando hacía el caudaloso río, mientras los rescatistas buscaban con afán el cuerpo de Aureliano de la Cruz Trespalacios, amante esposo y padre que había sufrido un accidente mortal.
Ochenta y tres horas después de vana búsqueda, el cuerpo de bomberos solo había podido rescatar la vieja Harley-Davidson que Paloma del Carmen odiaba, porque en el fondo de sus grandes ojos azul turquesa su cerebro la proyectaba como una mujer toda vestida de negro, volando acaballada con su marido en el vehículo aquel, haciendo más ruidos que los cielos atronadores del invierno.
El jefe de bomberos y otros socorristas, en operaciones arriesgadas, emplearon toda su pericia y equipos técnicos disponibles para peinar el área varias veces en búsqueda del fenecido Aureliano de la Cruz, hasta que suspendieron con resignación la fatigosa tarea, cuyos costos afectaron las escuálidas arcas del municipio.
Desde ese día, Paloma del Carmen guardó luto riguroso por la muerte de su amado.
En la oscuridad de la trigésima noche del nefasto suceso, la mujer se retiró a su habitación para entregarse a sus pesadillas de entierros fúnebres, cuando de repente se le apareció a pocos pasos un fantasma de saco y corbata que le hablaba con una voz que a ella le pareció de ultratumba, haciéndole ademanes indescifrables. La mujer gritó aterrorizada, invadiendo la casa con su miedo, pero el fantasma le suplicó que guardara silencio, identificándose como Aureliano de la Cruz que regresaba para reencontrarse con su familia a disfrutar de la paz de su dulce hogar.
Arrepentido de haber engañado a su mujer, y para justificar su súbita desaparición, le contó a la ofendida, con voz quebradiza, una historia extraña de espíritus malignos que los mantuvo insomnes hasta las seis de la mañana.
Su elocuencia estaba a punto de superar la inteligencia de un corazón enamorado cuando a sus manos llegó la nota del cobro de los gastos malversados en la infructuosa búsqueda de un cadáver que nunca existió, mientras la supuesta víctima disfrutaba de una opulenta luna de miel en los carnavales de Río de Janeiro con Marie, la rubia esposa del condecorado bombero Mayor, quien había desaparecido de Pueblo Grande la misma tarde del terrible accidente de Aureliano de la Cruz Trespalacios.
A Marie, contra lo planeado, se le habían cruzado los cables de la cordura en Copacabana, abandonándose al desenfreno y a la frenética danza de la lambada, con un mulato carioca en una escola de samba, por el que abandonó a Aureliano en plena farsa carnavalera.
Contrito, le pide perdón a su mujer y le jura que en Brasil ya está disponible la droga Unasolamina, de reciente aparición, de la cual se asegura que es capaz de bloquear la acción de los genes que predisponen a los hombres a ser infieles y actuar contra los elevados niveles de testosterona que hace a los varones muy vulnerables a las insinuaciones sexuales; que la mencionada droga modifica las costumbres de apareamiento de los promiscuos, asegurando una relación de por vida con una única pareja. Y, para obtener el perdón y recuperar a su familia, el Casanova descubierto jura a su mujer que está dispuesto a someterse al tratamiento para evitar caer en tentación de furtivos amores.
Pero quizá Aureliano de la Cruz Trespalacios nunca podrá cumplir el juramento. Al frente de su casa, una fría pistola Mágnum 9 milímetros permanece cargada y lista en las manos de un enfurecido cornudo de uniforme y medallas, que ha venido siguiendo la figura conocida, ahora esperando ansiosa que le aprieten el gatillo, tan pronto el infiel se asome a la ventana.
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© 2008, Francisco Restom Bitar
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18 de abril de 2008
Minipresentación, edición #51
Bienvenidos a miniTEXTOS.org, la página dedicada a la literatura breve contemporánea. En esta edición #51, les presento el trabajo de Juan Antonio Gómez, Javier Medina Bernal, Javier Mosquera Saravia, Albalyra Franco de Linares y Consuelo Tomás, con quien anoche tuve el privilegio de tener de invitada en el coloquio y recital que tenemos una vez al mes en el restaurante La Novena en la ciudad de Panamá y en la que también participó el poeta Héctor Collado (que en miniTEXTOS.org ha aparecido en las ediciones #5, #33 y #45).
Como les confesé anoche a ambos, son poetas panameños por los que siento gran admiración, hermanos mayores que sirvieron de inspiración en mis años formativos a finales de los ochenta y durante la década de los noventa, y continúan siendo un ejemplo de cómo vivir, cómo sentir la literatura.
En la conversación, que duró casi dos horas, rememoramos el Panamá de finales del siglo XX, recordamos la juventud (Héctor incluso lloró con emoción cuando le comenté un hermoso poema suyo: "El tiempo devoró mis aviones de madera; / hizo naufragar mis barcos de papel / y descarriló, sin advertirme, / aquel tren de lata / que olvidó el lugar de la estación / y la hora del silbato. / Mi tren, / mi tren de lata / cuya locomotora continúa alejándose / adentro del niño que no volverá."), hablamos del diseño de los libros que tanto inspiran a Consuelo y que la han llevado a publicar algunas de las ediciones más originales que existen en Panamá, y escuchamos a los poetas leer poemas de varios de sus libros, además de los inéditos que nos regaló Consuelo (de los que me quedé toda la noche rememorando uno precioso para los niños de la guerra), y miramos hacia el futuro de la poesía, la literatura panameña y el arte. Noche memorable, el restaurante La Novena se llenó de buen público y en mi memoria quedó grabado el sabor inigualable del buen verso.
En fin, no pude evitar compartir esta breve memoria con ustedes, memoria de poesía con la que los dejo en este miniTEXTOS #51.
JLRP, editor
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LOS CÓMPLICES - Juan Antonio Gómez
Un hombre va con su mujer en un bus. Ella se apoya en la ventanilla y duerme. Sube al bus una mujer con una niña y se dirigen hacia los asientos de atrás. El hombre estira el brazo y con la mano le toca, tiernamente por encima del pantalón, la vagina. La mujer lanza un grito y le pega una bofetada. El hombre se soba y se disculpa. La mujer, furiosa, sigue mentándole la madre. Se forma un alboroto y la mujer que va recostada a la ventana despierta. ¿Qué pasó? —le pregunta al hombre—. Nada, que toqué a la señora sin querer y se molestó. Ese hombre es un sinvergüenza, un maniático sexual —grita la señora. ¿Qué le hiciste? —vuelve a preguntar la mujer—. Ya te dije, la toqué sin querer y se molestó. No fue sin querer —dice uno de patillas y recia musculatura— yo vi cuando descaradamente tocaste a la señora. Y dirigiéndose a la mujer: Señora, si ese es su esposo, será mejor que lo lleve al siquiatra o que… ¿Así que tú hiciste eso? Pues te bajas inmediatamente y te vas a tocar a todas las mujeres que quieras. En la tarde puedes ir a recoger tus cosas, que te las voy a poner en la puerta.
El hombre ni siquiera replicó. Pidió la parada, pagó los dos pasajes y bajó. La mujer volvió a recostarse a la ventanilla y continuó durmiendo como si nada hubiera pasado. Parecía más bien que se había desembarazado de algo molestoso.
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© 2008, Juan Antonio Gómez
Tomado de "El escritor de ficciones" (INAC, Panamá, 1993)
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HABÍA UNA VEZ Y DOS SON TRES - Javier Medina Bernal
Había una vez y dos son tres, pero yo no me convenzo de que ese sea el resultado definitivo, por que dos veces más una podría ser igual a cuatro o a sufrimiento a secas; mejor preguntarle a mi padre que es ingeniero civil y ducho en matemáticas, o quizás no hacerlo y aceptar la elasticidad de los números y la liviandad de los pensamientos y aprender a flotar como una brizna sin preocuparnos por el descenso.
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© 2008, Javier Medina Bernal
Tomado de "En la ciudad de la bahía: mariposas y rupturas" (inédito)
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SUPOSICIÓN - Consuelo Tomás
Y si regresas
con otra mitad que te puso el mundo
perdida ya en la memoria de la piel
bajo tus manos
ausente el gesto del antiguo abrazo
no me busques.
Te prefiero limpio y humano
como cuando nos bebimos los dos
intentando atrapar la plenitud.
---
© 2008, Consuelo Tomás
Tomado de "El cuarto edén" (Epic Publications de Panamá, Panamá, 1995)
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APARIENCIA - Javier Mosquera Saravia
Soy el cadáver de una libélula
clavado con un alfiler
en tu colección de insectos
Soy las tres de la tarde
de un miércoles de ceniza
lleno de polvo en tu escritorio
Soy lo que nunca quise
conformista y rutinario
con los días perdidos en el inútil intento
Soy ciego manco y deforme
lleno de respuestas huérfanas
estrellado en la pared de tu ausencia
Soy lo que parezco
_____________sin atenuantes
muy lejos de la imagen de ángel maligno
____________________________aquél
capaz de vivir en tu sexo y convertirte en mí.
---
© 2008, Javier Mosquera Saravia
Tomado de "La neblina en el espejo"
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Al Quijote - Albalyra Franco de Linares
Canto a la gloria perdurable de tu palabra,
a la oración de tu saber
guardada en la corteza de las aulas,
en los azules caminos del anhelo,
en sabios instantes de eternidad.
¡Tu sueño Quijotesco!
Cada suceso de tu andar.
El viaje memorable de los ansiados logros,
la semilla de tus días renovados,
los gigantes arrolladores.
¡Al fin he llegado a tí, soñador!
Al recorrido de la épica jornada,
al encuentro del audaz
y ardoroso pensamiento.
¡Tu voz canta al son de la palabra
en la intacta materia de los años!
---
© 2008, Albalyra Franco de Linares
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11 de abril de 2008
DE OLDUVAI A UN PLATO PIETRI - Minipresentación, edición #50
Al norte de Tanzania, en la estrecha garganta de Olduvai, se descubrieron los restos más antiguos de humanos fabricantes de herramientas. No humanos modernos, sino nuestros directos antepasados homínidos que hace dos y medio millones de años empezaron a cortar piedras que les permitieron sobrevivir en los alrededores de lo que entonces era un lago en el corazón de África. Un millón de años después, sus hijos más evolucionados, menos bestiales, hacían herramientas más complejas que les permitían comer elefantes cazados en la misma región del inefable Serengeti oriental. Mejor alimentados, los herederos de esta industria decidieron abandonar su hogar milenario y dispersarse por el mundo. Pero, ¿qué impulsó a ese ser a cortar con intención una piedra y desarrollar métodos para hacer cuchillos y cazar elefantes? Voz de adentro que dice, empuja, azuza. Aún la escuchamos, la sentimos. Hijos de homínidos fabricantes de herramientas, aún tenemos eso que nos lleva a usarlas, a modificarlas, a crearlas. Es una herencia que viaja con la humanidad en el núcleo de cada célula: la doble hélice de cadenas de material genético, el ADN.
Y es que la humanidad entera está contenida en ese polímero. Colección de fosfatos y azúcares, el ADN es una estructura molecular increíble. Como en una biblioteca, y en cada célula del cuerpo, están las instrucciones completas para hacer un ser humano. Esa biblioteca, que es casi idéntica de persona a persona y muy similar a la de nuestros parientes cercanos en el reino animal, se transmite de generación en generación. A veces con cambios, menores o mayores, que pueden morir en el error o dar inicio a una nueva época en la historia de nuestra especie. Algunos errores aún los vemos: a veces se transmiten, inservibles cadenas que no afectan pero son copiadas de padres a hijos; otras veces son las cosas que nos matan prematuramente. Los cambios positivos no son tan evidentes en la biblioteca de material genético, pero es muy posible que hace dos y medio millones de años algo cambió por error en el código de algunos de esos viejos habitantes del Serengueti.
Pero hoy los científicos no se emocionan con hacer herramientas manuales; tallar la piedra sólo es interesante cuando lo hace un artista escultor. Hoy, buscamos entender cómo se combinan las cadenas de material genético para formar las palabras que nos describen. Para ello lhacemos a mano de maneras novedosas, y probamos, observando qué cambia al trocarlas; las mezclamos con las de otras especies y probamos el resultado; y ya empezamos a sintetizar algunas cadenas, inventando una nueva forma de biología sintética. Tenemos la esperanza de salvar vidas modificando códigos, clonando repuestos, sintetizando soluciones. Pero, quién dice que no, también emociona (y asusta) la idea de mezclar barro y hacer golems, vida artificial. Y siempre se empieza por lo pequeño, un fragmento de código que como el de virus se inserta en una célula y se prueba si desaparece o se reproduce incesantemente.
Esta introducción, que empezó pequeña se ha vuelto extensa y les pido que me disculpen. Pero es fascinante el viaje completo, de las orillas de un lago que los volcanes rellenaron con cenizas y las fuerzas sísmicas convirtieron en valle en el norte de Tanzania, hasta los laboratorios de genética del siglo XXI y esa vida creada por la mano humana en platos Pietri. Trabajo peligroso pero inevitable por esa voz primitiva que aún nos habla insistente. Sobretodo a los científicos y a los artistas.
Artistas de los que hoy les presento, con mucho orgullo, a cinco de ellas. De Panamá, México, Honduras y El Salvador, poesía y cuentos de Giovanna Benedetti, Melanie Taylor, Silvia Fernández-Risco, Lety Elvir y Silvia Elena Regalado que espero que disfruten mucho.
JLRP, editor
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SÓTANO DE LA MISERIA - Giovanna Benedetti
Ya no hay
para qué esperar.
La noche ha clausurado
el alba amenazante.
Ha encerrado de golpe
a la sombra en sus extremos.
Pero algo (¿quién lo dice...?)
hacia el sótano deciende
y un ángel (el primero) se lanza al vacío.
Ya no hay para qué rogar.
La aurora, recién muerta
se pasea entre las nubes.
El pelo desierto, los ojos en vela
las manos rituales abrazando el llanto.
Pero algo (¿quién lo escucha...?)
hacia el sótano deciende
y un ángel (el segundo) se lanza al vacío.
Ya no hay para que soñar.
El futuro, por fin, ¡es innecesario!
Pero algo (¿quién lo olvida...?)
hacia el sótano deciende
y un ángel (el último) se lanza al vacío.
---
© 2008, Giovanna Benedetti
Tomado del poemario "Entrada abierta a la mansión cerrada" (INAC, Panamá, 2006)
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TORREJITAS DE MAÍZ - Melanie Taylor
Debo hacer las cosas con mucho cuidado, porque si se va a infligir dolor debe hacerse de manera delicada y no burdamente como si se embadurnara un lienzo a punta de brochazos caprichosos. Mi abuela y mi tía Enilda no entienden eso. Andan por ahí pensando que no las escucho. Sólo ayer mientras descansaba en mi cama, se asomaron con cuidado a la puerta, y pensando que no las oía empezaron a cuchichear.
—Mírala, mamá —decía mi tía Enilda—. Echada allí sin decir ni pío desde que ese sinvergüenza la dejó. No se queja, no llora, no grita. No hace nada sino andar por los rincones como buscando yo no sé qué.
—¡Es que hay cada quién, hija! Yo ya le hubiera ido a cantar las cuatro verdades a ése. Tú conoces mi carácter, Enilda —respondió enérgicamente mi abuela.
Yo las dejo hablar y preocuparse: así me estorban menos. Toda la semana he estado recolectando las espinas de los pescados que la abuela fríe. Lentamente he ido colocando una espina tras otra en una pequeña caja. También de forma discreta he ido arrancando las espinas de los rosales de mi tía Enilda. Algunas veces me he herido en esta tarea, pero me contento enseguida sabiendo mi objetivo.
Al fin tengo suficientes espinas. Antes de dormir las contemplo en la cajita en la que descansan imaginándolas al clavarse como sanguijuelas a la carne. Luego ha venido la tarea más difícil, preparar la masa para las torrejas de maíz. La abuela se ha sorprendido, pues poco interés le he puesto hasta ahora a la cocina. He desgranado y molido el maíz y he confeccionado la más suave de las masas. Cuando ha estado lista le he colocado las espinas. Finalmente echo las torrejas al aceite hirviente donde se tornan doradas. Con esmero las saco del sartén y las coloco en una vasija muy bonita de color jade. Ahora que está todo listo, debo arreglarme.
Me hago el moño que tanto le gustaba a Manuel y me pongo el vestido azul que me sienta tan bien. Luego me pinto despacio la boca de rojo. Recojo la vasija y salgo sonriente por la puerta ante las miradas sorprendidas de mi abuela y mi tía. No saben que mi alegría se debe a que voy donde Manuel. Cuando llegue le diré que he comprendido todo, que entiendo y que en señal de amistad le traigo estas frituras que tanto le gustan. Y él, sintiéndose culpable, tomará las torrejas y con premura se las llevará a la boca. Y mientras mastique el dolor le transfigurará el rostro e hilillos de sangre saldrán por sus labios, y yo estaré allí sentada frente a él, serena y risueña, viéndolo sufrir.
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© 2008, Melanie Taylor
Tomado de "Tiempos acuáticos" (UTP, 2000)
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IMPERFECTA DAMA - Lety Elvir
Él quería tener
Mujer con día y noche
Mañanitas de aderezo
Domingos de pastel
Una cocina blanca
Paredes sin agenda
Mujer de azúcar
Ovejita de algodón.
Sabihonda en medidas
Exacta al caminar
Puntual en la cita
Precisa en el acierto
Perfecta en el orgasmo sin amor.
Pero ella solía ser
Metáfora al ajillo
Ambigüedad al tiempo
Agua entre las manos
Punto de fuga en el retrato del despiste
Sexo y amor
Imperfecta dama
Mujer entre perro y lobo
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© 2008, Lety Elvir
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LLAMADAS A LARGA DISTANCIA - Silvia Fernández-Risco
–"Está usted hablando a casa de la familia Rubio, por favor deje su recado después del tono..." Biip.
–Comadre, ¡me da gusto oír su voz! ¿Cómo está? Es la tercera vez que llamo desde que regresé de vacaciones, pero me había contestado el compadre, que por cierto, figúrese con lo que me salió ese marido suyo tan callado pero que cuando habla, la deja a una pensativa. Con sus ojitos tan azules, su porte tan elegante, tan derechito al caminar... Ay comadre, usted sí que se casó con un buen partido, hasta parece artista de cine, de esos como los que nos gustaban a nosotras, muy varoniles: Clark Gable, Humphrey Bogart, y ese italiano tan guapo, Vittorio Gassman... En aquella oscuridad del cine, yo sentía que estos hombres me miraban sólo a mí. ¡Qué época! Le he de confesar una cosa. Aunque han pasado tantos años, cuando miro al compadre, como que vuelvo a sentir esas cosquillitas que me provocaban los galanes de cine, no me lo tome a mal, ya sabe que ese señor suyo no tiene ojos para nadie más que para usted, y siempre tan decente; en cambio el mío... Ay comadre, si usted ya sabe la historia, al parir a mi quinto hijo, que dicho sea de paso, ya está por entrar en la universidad, el desgraciado de mi esposo se fue de la casa, y sin dejarnos ni un recado siquiera. ¿Lo recuerda? Cómo lo va a olvidar, si en cuanto me dieron de alta, usted me ayudó cuidándome a los hijos mientras el compadre me acompañaba de hospital en hospital buscándolo, y hasta la estación de policía y la cárcel visitamos para ver si lo encontrábamos. ¡Cómo le lloré! Usted siempre apoyándome, escuchando mis lamentos tal como ahora lo hace. Recuerdo muy bien que fue el compadre quien un día, sin decir muchas palabras, me ubicó en mi realidad: "Ya estuvo bueno de llanto. Mi compadre no va a regresar con usted. Se fue. Mi esposa y yo le ayudaremos en lo que podamos". Ay, tan buenas personas ustedes, siempre juntos, se querían tanto...por eso no puedo creer lo que me ha dicho el compadre, que usted lo dejó, que se le fue ¿Por qué ha hecho eso? Bueno comadre, ya mañana me cuenta los detalles, porque ahora mi nieta acaba de despertar y ya le toca la leche.
El silencio deambula por la casa, sus pisadas pesan y su aroma comprime el corazón. Las palabras se han ido en busca de un recuerdo. El padre y la hija llevan horas callados alrededor de una pequeña urna de madera que desde hace una semana ocupa el centro de la mesa del comedor. La madre vuelta cenizas —extraña naturaleza muerta—. Suena el teléfono. Ninguno de los dos tiene ánimo de levantar el auricular. Se activa la contestadora con un mensaje que grabó la ausente desde el mismo día que la compraron: "Está usted hablando a casa de la familia Rubio, por favor, deje su recado después del tono..." Biip.
—¿Comadre? Soy yo de nuevo, qué gusto oírla. Fíjese que ayer cuando llamé contestó su hija mayor e insistió en convencerme de que usted se fue para siempre, pero de pronto se le quebró la voz y colgó. Ya ve cómo son los hijos...y yo pensé, no puede ser que se haya ido si su voz se oye tan clarita cuando contesta el teléfono ¿Cómo voy a dejar de hablar con usted? Más de treinta años de llamarnos casi a diario, de compartir nuestras alegrías, nuestras penas, nuestras dudas. Ellos no entienden. Pero no se preocupe, mientras me conteste su voz, yo voy a seguir telefoneándola. Si está en el cielo, pues desde allá me escuchará y dejaré el recado grabado por si quiere volver a oírlo, total, ahora tiene todo el tiempo del mundo. ¿No es así comadre?
---
© 2008, Silvia Fernández-Risco
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RECLAMO - Silvia Elena Regalado
Cómo se ve que te hace falta vida,
el coraje que sólo dan los años,
la osadía de ir contra corriente,
el orgullo de herirse en la caída.
Ya aprenderás a morder la tierra
a desgarrar el cielo con las uñas,
respirar el dolor hasta los huesos,
caminar sobre el miedo y el cansancio.
Tendrás que desatar las esperanzas,
que vuelvan a la luz o al olvido,
habitarte de duendes y desnudar el alma
para revivir el milagro de ser niños.
---
© 2008, Silvia Elena Regalado
Tomado del poemario "Desnuda de mí" (San Salvador, 2001)
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4 de abril de 2008
Minipresentación, edición #49
Bienvenidos a la edición #49 de miniTEXTOS.org. Como todos los viernes, hoy tengo el gusto de presentarles textos de cinco autores contemporáneos de América, autores que me han enviado su trabajo para compartir con ustedes.
El primero es Salvador Medina Barahona, panameño, con tres poemas breves que forman parte de un libro hermoso, "La hora de tu olvido", dolor hecho poesía, dedicado al padre que ha partido por delante. Con él, cuentos, diálogos y textos breves de Maria Eugenia Caseiro, Manuel Orestes Nieto, Mariluz Suárez Herrera y Mario Augusto Rodríguez.
Pero antes de presentarlos, quiero compartir tres excelentes minicuentos del argentino Enrique Anderson Imbert (1910-2000), el español Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) y el chileno Vicente Huidobro (1893-1948), como antes lo hemos hecho con breves relatos o poesía de autores clásicos de otras épocas, otras regiones del planeta tierra.
Así, en total, hoy les entrego siete cuentos breves, tres poemas. Edición especial de miniTEXTOS.org que espero que disfruten tanto como lo hice yo.
JLRP, editor
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Al pie de la Biblia abierta —donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo— alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.
¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revolver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien —¿pero quién, cuándo?— alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.
Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.
—Enrique Anderson Imbert, El suicida
En la habitación iluminada de aquel piso vi matar a aquella mujer.
El que la mató, le dio veinte puñaladas, que la dejaron convertida en un palillero.
Yo grité. Vinieron los guardias.
Mandaron abrir la puerta en nombre de la ley, y nos abrió el mismo asesino, al que señalé a los guardias diciendo:
—Éste ha sido.
Los guardias lo esposaron y entramos en la sala del crimen. La sala estaba vacía, sin una mancha de sangre siquiera.
En la casa no había rastro de nada, y además no había tenido tiempo de ninguna ocultación esmerada.
Ya me iba, cuando miré por último a la habitación del crimen, y vi que en el pavimento del espejo del armario de luna estaba la muerta, tirada como en la fotografía de todos los sucesos, enseñando las ligas de recién casada con la muerte…
—Vean ustedes —dije a los guardias—. Vean... El Asesino la ha tirado al espejo, al trasmundo.
—Ramón Gómez de la Serna, Yo vi matar a aquella mujer
María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.
Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.
Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.
Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante.
¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?
Así, cuando el marido cogió el revolver, ella abrió los ojos enormes, no asustados sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo.
Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.
—Vicente Huidobro, Tragedia
BLUES DEL CEMENTERIO (un año después) - Salvador Medina Barahona
ya no volaba
tu luz...
—Miguel Veyrat
Ese modo del azul en que elegiste quedarte
me pesa
—enormemente—
como
el agua.
ángel roído por el trueno,
hoy he llamado a tu puerta,
áspera y fea.
Aquí donde la tarde fue pasto comido por los cerdos,
he dejado
—desnudo—
mi piel
colgada
en
tu esqueleto.
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© 2008, Salvador Medina Barahona
Tomado del poemario "La hora del olvido" (Articsa, Panamá, 2008)
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