La fiesta del viernes por la noche terminó como siempre. Los amigos se fueron bamboleando y ellos apagaron las luces.
El cubito de hielo, aún flotando en un dedo de ron, le dijo a la colilla de cigarrillo:
—¿Te diste cuenta? Toda la noche hablando de lo mismo. Todos los viernes repitiendo las mismas tonterías. Siempre los mismos chistes malos.
Y ella, sin comentarios, aburrida hasta el filtro, le dijo:
—¿Qué te parece si vamos a dar una vuelta, nos divertimos un poco y salvamos el resto de la noche?
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© 2008, Manuel Orestes Nieto
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25 de abril de 2008
LA FIESTA - Manuel Orestes Nieto
EL TATUAJE - José Córdova
La mulata francesa Claris se hace tatuar una pistola en cada nalga bien nutrida. Siguiendo el ritual de la bruja grande de Bocas del Toro, ya que así estaría protegida del violador en serie, y en serio, que estaba acabando con blancas, indias, mulatas y mestizas.
Al ser atacada en playa solitaria, a la luz de la luna cómplice, se defendió quitándose rápidamente el bikini. La policía se asombró de la fácil muerte del antisocial y siguen sin localizar el arma homicida.
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© 2008, José Córdova
Tomado de "2 veces breve dos" (Santiago, Chile, 2008)
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FANTASMAS EN APURO - Francisco Restom Bitar
Desesperada, Paloma del Carmen Zarzamorano y sus dos pequeñas hijas lloraban al borde del puente, mirando hacía el caudaloso río, mientras los rescatistas buscaban con afán el cuerpo de Aureliano de la Cruz Trespalacios, amante esposo y padre que había sufrido un accidente mortal.
Ochenta y tres horas después de vana búsqueda, el cuerpo de bomberos solo había podido rescatar la vieja Harley-Davidson que Paloma del Carmen odiaba, porque en el fondo de sus grandes ojos azul turquesa su cerebro la proyectaba como una mujer toda vestida de negro, volando acaballada con su marido en el vehículo aquel, haciendo más ruidos que los cielos atronadores del invierno.
El jefe de bomberos y otros socorristas, en operaciones arriesgadas, emplearon toda su pericia y equipos técnicos disponibles para peinar el área varias veces en búsqueda del fenecido Aureliano de la Cruz, hasta que suspendieron con resignación la fatigosa tarea, cuyos costos afectaron las escuálidas arcas del municipio.
Desde ese día, Paloma del Carmen guardó luto riguroso por la muerte de su amado.
En la oscuridad de la trigésima noche del nefasto suceso, la mujer se retiró a su habitación para entregarse a sus pesadillas de entierros fúnebres, cuando de repente se le apareció a pocos pasos un fantasma de saco y corbata que le hablaba con una voz que a ella le pareció de ultratumba, haciéndole ademanes indescifrables. La mujer gritó aterrorizada, invadiendo la casa con su miedo, pero el fantasma le suplicó que guardara silencio, identificándose como Aureliano de la Cruz que regresaba para reencontrarse con su familia a disfrutar de la paz de su dulce hogar.
Arrepentido de haber engañado a su mujer, y para justificar su súbita desaparición, le contó a la ofendida, con voz quebradiza, una historia extraña de espíritus malignos que los mantuvo insomnes hasta las seis de la mañana.
Su elocuencia estaba a punto de superar la inteligencia de un corazón enamorado cuando a sus manos llegó la nota del cobro de los gastos malversados en la infructuosa búsqueda de un cadáver que nunca existió, mientras la supuesta víctima disfrutaba de una opulenta luna de miel en los carnavales de Río de Janeiro con Marie, la rubia esposa del condecorado bombero Mayor, quien había desaparecido de Pueblo Grande la misma tarde del terrible accidente de Aureliano de la Cruz Trespalacios.
A Marie, contra lo planeado, se le habían cruzado los cables de la cordura en Copacabana, abandonándose al desenfreno y a la frenética danza de la lambada, con un mulato carioca en una escola de samba, por el que abandonó a Aureliano en plena farsa carnavalera.
Contrito, le pide perdón a su mujer y le jura que en Brasil ya está disponible la droga Unasolamina, de reciente aparición, de la cual se asegura que es capaz de bloquear la acción de los genes que predisponen a los hombres a ser infieles y actuar contra los elevados niveles de testosterona que hace a los varones muy vulnerables a las insinuaciones sexuales; que la mencionada droga modifica las costumbres de apareamiento de los promiscuos, asegurando una relación de por vida con una única pareja. Y, para obtener el perdón y recuperar a su familia, el Casanova descubierto jura a su mujer que está dispuesto a someterse al tratamiento para evitar caer en tentación de furtivos amores.
Pero quizá Aureliano de la Cruz Trespalacios nunca podrá cumplir el juramento. Al frente de su casa, una fría pistola Mágnum 9 milímetros permanece cargada y lista en las manos de un enfurecido cornudo de uniforme y medallas, que ha venido siguiendo la figura conocida, ahora esperando ansiosa que le aprieten el gatillo, tan pronto el infiel se asome a la ventana.
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© 2008, Francisco Restom Bitar
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18 de abril de 2008
LOS CÓMPLICES - Juan Antonio Gómez
Un hombre va con su mujer en un bus. Ella se apoya en la ventanilla y duerme. Sube al bus una mujer con una niña y se dirigen hacia los asientos de atrás. El hombre estira el brazo y con la mano le toca, tiernamente por encima del pantalón, la vagina. La mujer lanza un grito y le pega una bofetada. El hombre se soba y se disculpa. La mujer, furiosa, sigue mentándole la madre. Se forma un alboroto y la mujer que va recostada a la ventana despierta. ¿Qué pasó? —le pregunta al hombre—. Nada, que toqué a la señora sin querer y se molestó. Ese hombre es un sinvergüenza, un maniático sexual —grita la señora. ¿Qué le hiciste? —vuelve a preguntar la mujer—. Ya te dije, la toqué sin querer y se molestó. No fue sin querer —dice uno de patillas y recia musculatura— yo vi cuando descaradamente tocaste a la señora. Y dirigiéndose a la mujer: Señora, si ese es su esposo, será mejor que lo lleve al siquiatra o que… ¿Así que tú hiciste eso? Pues te bajas inmediatamente y te vas a tocar a todas las mujeres que quieras. En la tarde puedes ir a recoger tus cosas, que te las voy a poner en la puerta.
El hombre ni siquiera replicó. Pidió la parada, pagó los dos pasajes y bajó. La mujer volvió a recostarse a la ventanilla y continuó durmiendo como si nada hubiera pasado. Parecía más bien que se había desembarazado de algo molestoso.
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© 2008, Juan Antonio Gómez
Tomado de "El escritor de ficciones" (INAC, Panamá, 1993)
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11 de abril de 2008
TORREJITAS DE MAÍZ - Melanie Taylor
Debo hacer las cosas con mucho cuidado, porque si se va a infligir dolor debe hacerse de manera delicada y no burdamente como si se embadurnara un lienzo a punta de brochazos caprichosos. Mi abuela y mi tía Enilda no entienden eso. Andan por ahí pensando que no las escucho. Sólo ayer mientras descansaba en mi cama, se asomaron con cuidado a la puerta, y pensando que no las oía empezaron a cuchichear.
—Mírala, mamá —decía mi tía Enilda—. Echada allí sin decir ni pío desde que ese sinvergüenza la dejó. No se queja, no llora, no grita. No hace nada sino andar por los rincones como buscando yo no sé qué.
—¡Es que hay cada quién, hija! Yo ya le hubiera ido a cantar las cuatro verdades a ése. Tú conoces mi carácter, Enilda —respondió enérgicamente mi abuela.
Yo las dejo hablar y preocuparse: así me estorban menos. Toda la semana he estado recolectando las espinas de los pescados que la abuela fríe. Lentamente he ido colocando una espina tras otra en una pequeña caja. También de forma discreta he ido arrancando las espinas de los rosales de mi tía Enilda. Algunas veces me he herido en esta tarea, pero me contento enseguida sabiendo mi objetivo.
Al fin tengo suficientes espinas. Antes de dormir las contemplo en la cajita en la que descansan imaginándolas al clavarse como sanguijuelas a la carne. Luego ha venido la tarea más difícil, preparar la masa para las torrejas de maíz. La abuela se ha sorprendido, pues poco interés le he puesto hasta ahora a la cocina. He desgranado y molido el maíz y he confeccionado la más suave de las masas. Cuando ha estado lista le he colocado las espinas. Finalmente echo las torrejas al aceite hirviente donde se tornan doradas. Con esmero las saco del sartén y las coloco en una vasija muy bonita de color jade. Ahora que está todo listo, debo arreglarme.
Me hago el moño que tanto le gustaba a Manuel y me pongo el vestido azul que me sienta tan bien. Luego me pinto despacio la boca de rojo. Recojo la vasija y salgo sonriente por la puerta ante las miradas sorprendidas de mi abuela y mi tía. No saben que mi alegría se debe a que voy donde Manuel. Cuando llegue le diré que he comprendido todo, que entiendo y que en señal de amistad le traigo estas frituras que tanto le gustan. Y él, sintiéndose culpable, tomará las torrejas y con premura se las llevará a la boca. Y mientras mastique el dolor le transfigurará el rostro e hilillos de sangre saldrán por sus labios, y yo estaré allí sentada frente a él, serena y risueña, viéndolo sufrir.
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© 2008, Melanie Taylor
Tomado de "Tiempos acuáticos" (UTP, 2000)
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LLAMADAS A LARGA DISTANCIA - Silvia Fernández-Risco
–"Está usted hablando a casa de la familia Rubio, por favor deje su recado después del tono..." Biip.
–Comadre, ¡me da gusto oír su voz! ¿Cómo está? Es la tercera vez que llamo desde que regresé de vacaciones, pero me había contestado el compadre, que por cierto, figúrese con lo que me salió ese marido suyo tan callado pero que cuando habla, la deja a una pensativa. Con sus ojitos tan azules, su porte tan elegante, tan derechito al caminar... Ay comadre, usted sí que se casó con un buen partido, hasta parece artista de cine, de esos como los que nos gustaban a nosotras, muy varoniles: Clark Gable, Humphrey Bogart, y ese italiano tan guapo, Vittorio Gassman... En aquella oscuridad del cine, yo sentía que estos hombres me miraban sólo a mí. ¡Qué época! Le he de confesar una cosa. Aunque han pasado tantos años, cuando miro al compadre, como que vuelvo a sentir esas cosquillitas que me provocaban los galanes de cine, no me lo tome a mal, ya sabe que ese señor suyo no tiene ojos para nadie más que para usted, y siempre tan decente; en cambio el mío... Ay comadre, si usted ya sabe la historia, al parir a mi quinto hijo, que dicho sea de paso, ya está por entrar en la universidad, el desgraciado de mi esposo se fue de la casa, y sin dejarnos ni un recado siquiera. ¿Lo recuerda? Cómo lo va a olvidar, si en cuanto me dieron de alta, usted me ayudó cuidándome a los hijos mientras el compadre me acompañaba de hospital en hospital buscándolo, y hasta la estación de policía y la cárcel visitamos para ver si lo encontrábamos. ¡Cómo le lloré! Usted siempre apoyándome, escuchando mis lamentos tal como ahora lo hace. Recuerdo muy bien que fue el compadre quien un día, sin decir muchas palabras, me ubicó en mi realidad: "Ya estuvo bueno de llanto. Mi compadre no va a regresar con usted. Se fue. Mi esposa y yo le ayudaremos en lo que podamos". Ay, tan buenas personas ustedes, siempre juntos, se querían tanto...por eso no puedo creer lo que me ha dicho el compadre, que usted lo dejó, que se le fue ¿Por qué ha hecho eso? Bueno comadre, ya mañana me cuenta los detalles, porque ahora mi nieta acaba de despertar y ya le toca la leche.
El silencio deambula por la casa, sus pisadas pesan y su aroma comprime el corazón. Las palabras se han ido en busca de un recuerdo. El padre y la hija llevan horas callados alrededor de una pequeña urna de madera que desde hace una semana ocupa el centro de la mesa del comedor. La madre vuelta cenizas —extraña naturaleza muerta—. Suena el teléfono. Ninguno de los dos tiene ánimo de levantar el auricular. Se activa la contestadora con un mensaje que grabó la ausente desde el mismo día que la compraron: "Está usted hablando a casa de la familia Rubio, por favor, deje su recado después del tono..." Biip.
—¿Comadre? Soy yo de nuevo, qué gusto oírla. Fíjese que ayer cuando llamé contestó su hija mayor e insistió en convencerme de que usted se fue para siempre, pero de pronto se le quebró la voz y colgó. Ya ve cómo son los hijos...y yo pensé, no puede ser que se haya ido si su voz se oye tan clarita cuando contesta el teléfono ¿Cómo voy a dejar de hablar con usted? Más de treinta años de llamarnos casi a diario, de compartir nuestras alegrías, nuestras penas, nuestras dudas. Ellos no entienden. Pero no se preocupe, mientras me conteste su voz, yo voy a seguir telefoneándola. Si está en el cielo, pues desde allá me escuchará y dejaré el recado grabado por si quiere volver a oírlo, total, ahora tiene todo el tiempo del mundo. ¿No es así comadre?
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© 2008, Silvia Fernández-Risco
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4 de abril de 2008
Minipresentación, edición #49
Bienvenidos a la edición #49 de miniTEXTOS.org. Como todos los viernes, hoy tengo el gusto de presentarles textos de cinco autores contemporáneos de América, autores que me han enviado su trabajo para compartir con ustedes.
El primero es Salvador Medina Barahona, panameño, con tres poemas breves que forman parte de un libro hermoso, "La hora de tu olvido", dolor hecho poesía, dedicado al padre que ha partido por delante. Con él, cuentos, diálogos y textos breves de Maria Eugenia Caseiro, Manuel Orestes Nieto, Mariluz Suárez Herrera y Mario Augusto Rodríguez.
Pero antes de presentarlos, quiero compartir tres excelentes minicuentos del argentino Enrique Anderson Imbert (1910-2000), el español Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) y el chileno Vicente Huidobro (1893-1948), como antes lo hemos hecho con breves relatos o poesía de autores clásicos de otras épocas, otras regiones del planeta tierra.
Así, en total, hoy les entrego siete cuentos breves, tres poemas. Edición especial de miniTEXTOS.org que espero que disfruten tanto como lo hice yo.
JLRP, editor
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Al pie de la Biblia abierta —donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo— alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.
¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revolver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien —¿pero quién, cuándo?— alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.
Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.
—Enrique Anderson Imbert, El suicida
En la habitación iluminada de aquel piso vi matar a aquella mujer.
El que la mató, le dio veinte puñaladas, que la dejaron convertida en un palillero.
Yo grité. Vinieron los guardias.
Mandaron abrir la puerta en nombre de la ley, y nos abrió el mismo asesino, al que señalé a los guardias diciendo:
—Éste ha sido.
Los guardias lo esposaron y entramos en la sala del crimen. La sala estaba vacía, sin una mancha de sangre siquiera.
En la casa no había rastro de nada, y además no había tenido tiempo de ninguna ocultación esmerada.
Ya me iba, cuando miré por último a la habitación del crimen, y vi que en el pavimento del espejo del armario de luna estaba la muerta, tirada como en la fotografía de todos los sucesos, enseñando las ligas de recién casada con la muerte…
—Vean ustedes —dije a los guardias—. Vean... El Asesino la ha tirado al espejo, al trasmundo.
—Ramón Gómez de la Serna, Yo vi matar a aquella mujer
María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.
Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.
Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.
Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante.
¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?
Así, cuando el marido cogió el revolver, ella abrió los ojos enormes, no asustados sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo.
Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.
—Vicente Huidobro, Tragedia
LIBRE - María Eugenia Caseiro
Se frotó los ojos tratando de desafiar la luz hiriente que venía de un sitio incierto. Miraba al frente, atravesando un nido de pestañas, una pared, otra, otra, y finalmente, disparó el último grito de su revólver. El humo de la pólvora, se llevó el dolor de aquella luz y le hizo libre para siempre.
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© 2008, María Eugenia Caseiro
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CRIMEN Y CASTIGO - Manuel Orestes Nieto
La sombra decidió, por fin, lanzarse sobre el objeto que la proyectaba, cansada de existir subordinada, anónima y de intentar en vano ejercer su albedrío. Siempre lateral, oblicua, pisada sin ser vista y bidimensional; siempre oscura y, a la vez, larga, gorda, chata, filamentosa o imperceptible; siempre dependiente del sol, de focos, velas, linternas o fuegos. Nunca ella misma, nunca un gesto propio y autónomo.
Desplegando todo su cuerpo, dio un salto felino y arropó al objeto, sofocándolo hasta dejarlo inerte. Sintió, por primera vez, que podía moverse a su antojo, estirar los miembros, girar sobre sus pies, desplazarse. Sólo basta huir de la escena del crimen.
Pero al iniciar su ansiada carrera hacia la libertad se fue deshaciendo a pedazos, atravesada por la luz.
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© 2008, Manuel Orestes Nieto
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28 de marzo de 2008
EN LA ESPERA - José Córdova
—¿Señor, ya pasó el autobús de la Tumba Muerto, el que para en la esquina de la cervecería?
—Que pregunta es esa, si estamos en Chepo y usted debería tomar ese diablo rojo en la capital.
—Mire, lo conduce el chino Chay, de eso estoy segura.
Le respondí asombrado que yo soy el chino Chay y no manejo ni bicicleta.
—Usted no me entiende. Crucemos, a lo mejor nos equivocamos de acera. Me urge ese bus, es difícil explicarlo, yo viajo allí.
La tomo del talle con mucha comprensión y cruzamos quedando en la acera de enfrente, nos sentamos a la sombra de un platanal. Todo es posible en el mejor de los mundos posibles. Permanecemos abrazados mientas nos esperamos.
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© 2008, José Córdova
Tomado de "2 veces breve dos" (Santiago, Chile, 2008)
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TREINTA MINUTOS SIN TIEMPO - Marcelo Galliano
Por eso ni me inmuté cuando vi entrar a Edgardo. Los sueños son así, a veces parecen la copia textual de algo sucedido, y yo siempre me adormezco en el subte.
Es cierto que verlo me llenó de nostalgia; qué se yo, su rostro, su ansiedad, sus proyectos, su viaje a Londres, su muerte allí tan lejos de nosotros y de todo.
Supe que al igual que hace dos años, cuando de regreso a casa lo encontré y me habló de su alejamiento a Europa, su figura aparecería por las puertas descorridas del vagón, se acercaría a palmearme con su mano izquierda, a sentarse a mi lado, a narrarme todo en la oreja con su voz atropellada y los adjetivos ampulosos de los cuales siempre disfrutó excediéndose.
Todo sería igual, claro, él me contaría de Inglaterra, de los dos días que faltaban para su partida, cedería el asiento a una viejita de blusa verde, me continuaría hablando de pie, tomándose del pasamanos y equilibrándose en los talones. Yo seguiría con mis oídos sus gritos susurrados tras el ronroneo de la máquina, previendo sus palabras, sus comas, sus exaltaciones y sus miedos, sabiéndolo todo anticipadamente y de memoria. Un chico entraría lloriqueando de la mano de su madre, se sentarían frente a mí, y Edgardo me sacudiría requiriéndome atención, a la vez que un vendedor de golosinas de camisa blanca y jeans gastados se aproximaría un segundo después para pedir paso.
En la estación venidera —lo recordaba sin ninguna duda— muchos se bajarían, Edgardo recuperaría su asiento mientras la viejita trastabillaría poniéndose de pie y agradeciendo la mano estirada de un joven de corbata. Yo le preguntaría por su vuelta —esa que nunca sucedió— él me contestaría "quizá pronto", yo le acotaría que lo extrañaríamos, él me respondería que iba a escribirnos.
La estación Carlos Gardel se divisaría en segundos, Edgardo, celular en mano, juntaría su cabeza a la mía e intentaría una foto de recuerdo —esa tal mal tomada que yo igual amplié y coloqué en mi mesa de luz—.
El abrazo sería fuerte, incómodo por la despedida, y él desaparecería como en aquél, su último día en Buenos Aires.
Me despertaría algo confundido, es cierto, no es lindo dormirse en movimiento, es extraño soñar con el pasado, revivirlo con la literalidad del presente. Volvería a mi cotidianeidad de incertidumbre, de futuro ignorado, de desconocimiento ante cada hecho por suceder.
Caminaría triste por las calles húmedas, con ese olor a jazmines de los balcones nocturnos recién acallados, llegaría a casa, me tiraría en el sillón, pensaría en mi amigo muerto, y Mariana vendría, con su pelo italiano, su Campari con hielo, su cuchicheo dulce, que la nena duerme... Cada día está más grande... No sabés lo que hoy me dijo, y a vos cómo te fue, mañana vamos de mami porque es el cumpleaños, ah qué cabeza casi me olvido... Hace un ratito llamó Edgardo... Dice que te va a mandar por mail la foto que se sacaron en el subte... Va a ser un lindo recuerdo ahora que él se va para Londres.
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© 2008, Marcelo Galliano
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LLAMADO AL MEDIODÍA - Raúl Cuestas
Mira hacia el cielo vacío. Deben ser las diez, calcula, por la altura del sol. Un gallote solitario rompe la soledad del firmamento. A su alrededor todo es plano, árido, sin colinas, ni siquiera una roca, mucho menos un árbol. A ambos lados los rieles convergen hacia el horizonte. Él quiere averiguar qué dirección seguir, pero sus puntos de referencia —los rieles y el sol— no le ayudan. Pronto será la hora más caliente y el desierto será insoportable. Moriré por deshidratación. Si sigue los rieles tarde o temprano llegará a algún lugar habitado, y tal vez entonces...
Mira de nuevo hacia arriba y ve cruces negras en el cielo: ahora son dos gallotes cuyas siluetas cruciformes trazan círculos lentos, amplios, amenazantes.
Horas después el sol cae verticalmente y ha reducido su sombra a un círculo insignificante. Mediodía. En una o dos horas habrá pasado lo peor. Arriba, media docena de gallotes planean en un círculo más pequeño, pero definitivamente centrado sobre él. "He caminado por una hora y aún me siguen", se aterra al pensar en las intenciones de aquellas carroñeras hambrientas. "¡No puede ser!". Pero tiene que ser por él, pues no hay ningún otro ser vivo en aquel interminable tablero de arena. Si no son los gallotes serán los gusanos. Pero, por qué preocuparse, si ya para entonces no sentirá nada.
El círculo de gallotes, esta vez en números mayores, lo acecha aún. ¿Quién los llamó? ¿Cómo saben? ¿Será que el mismo cielo les pasa la voz? Sí. Ellos oyen una voz, una voz que dice cuándo, dónde y qué —y en este caso—, quién. Y ahora él los comprende. Ellos también tienen derecho. Tienen hambre y sed igual que él. A pesar de que son sucios y feos, no son malos. Simplemente hacen lo que otros desdeñan: limpian el lugar y aprovechan los desechos. Sí. Ahora él se identifica con ellos, son inofensivos al contrario de muchos humanos, no le hacen daño a nadie mucho menos a los de su propia especie y no ocupan espacio pues se mantienen en lo alto, cerca de Dios, como deberíamos hacer nosotros.
Él se da cuenta que ellos no son una amenaza sino un llamado, su último llamado. Calladamente rechaza su existencia y se une a las cruces que lo llaman y que ahora, al verlas más de cerca, parecen palomas blancas. Entonces se eleva con ellas en espirales ascendentes, alejándose de las arenas calientes y los rieles que lo hubieran llevado a algún lugar desconocido allá abajo, lejos de Dios.
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© 2008, Raúl Cuestas
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21 de marzo de 2008
NUEVAS CIRCUNSTANCIAS - José Luis Rodríguez Pittí
—Esa última vez pudiste ser mía
—Me atemoricé.
—Aún serías mía.
—No quería perder el control. ¿Recuerdas que te lo dije?
—Nunca debí llevarte a clases.
—Al día siguiente... Sólo tenías que esperar un día más.
—Sabes que no pude.
—Me hiciste perder el control. Y ese día tenía un examen. Y era el patio de la universidad. Te propasaste...
—Tú lo deseabas.
—Entiéndeme. Eran muchas circunstancias en contra de ese momento. No debiste llevarme. Sólo tenías que esperar un día más.
—Pero igual, no quisiste nada al día siguiente. Ni siquiera me besaste. Me pareció absurda tu actitud.
—Me ponías nerviosa. Ya lo sabes. No quería que tuvieras ese poder sobre mí.
—Pero el jueves igual lo hice, y sólo faltó un poquito para adelantar el viernes.
—Y ahora las circunstancias serían distintas.
—Nunca comprendí por qué actuaste ese viernes así. No me gustó sentirme rechazado.
—No lo hice por herirte. Entiende. Fui cobarde. Tuve miedo de enfrentarlo. El miedo de empezar una vida de cero fue atroz, pudo más que yo.
—Pero, al no aceptarme, empezaste igual una nueva vida.
—Siempre es posible volver a empezar.
—Cierto a veces. Pero otras muy tarde.
—¿Y en ésta? Quisiera empezar contigo. El control no me preocupa. He aprendido la lección.
—¡Pero es que no comprendes! ¿No te das cuenta de las circunstancias en las que estamos?
—Sólo son eso: circunstancias.
—Pero, él te mató. Entiéndelo. Estás muerta. Has muerto.
—Y, ¿qué diferencia hace?
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© 2008, José Luis Rodríguez Pittí
Tomado de la Revista MAGA #60-61, Panamá, 2007
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ALICIA PELIROJA - Ligia María Orellana
Todos nos sentamos a la mesa, menos Alicia Pelirroja, porque ella nos servía el té.
"Juguemos ahorcado", yo sugerí. "¡Juguemos!", la gente alrededor de la mesa aceptó, mientras Alicia Pelirroja nos servía el té.
"Yo no voy a jugar ", la Persona Famosa dijo. "Prefiero permanecer en la sombra", y Alicia Pelirroja nos servía el té.
"Yo odio los linchamientos", el señor Liverpool dijo, con toda razón. "Tengo miedo de que me ocurrirá a mí", sollozó, mientras Alicia Pelirroja nos servía el té.
"Toc-toc", dijo alguien al otro lado de la puerta. "¡Tienen una hora de retraso!", pero fue porque Alicia Pelirroja nos servía el té.
"No, hay mucho tiempo todavía", respondimos. "Y mucho polvo blanco, también", y aplaudimos orgullosos, ignorando que Alicia Pelirroja nos servía el té.
"¡Oh, santo cielo, se nos acabó el azúcar!", se oyó a una sola voz. "¡Y se nos acabó el té!". Alicia Pelirroja fue despedida, y enviada a una maquila.
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© 2008, Ligia María Orellana
"Combustiones espontáneas" (Talleres Gráficos UCA, San Salvador, 2004)
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LACRIMA CHRISTI - Francisco Restom Bitar
Era como un pájaro de alas rotas adherido a las paredes de un acantilado en la inmensidad de una noche oscura. Apenas se atrevió a dirigir unas palabras de arrepentimiento a quien se hallaba a su lado.
Ahora reza. Ora con devoción y con la esperanza de que, con sus súplicas, el Dios sobrenatural pueda salvar su alma errante que el destino arrastra. Pero la cruda realidad le susurra al oído que no tendrá manera de salvarse del inminente y trágico final.
Como ráfagas de tempestad llegan a su mente las escenas que había vivido. Sigue impresionado por la violencia absurda que estoicamente tuvo que presenciar. Traición, captura, tortura, dolor, angustias, agonía lenta y la inminente muerte de un inocente inquietaron su alma. Y llega el desasosiego, la ira, y ese gran nudo de tristeza en la garganta y lágrimas de dolor que aún quedan en sus ojos.
Ya casi sin fuerzas, desesperado y desesperanzado, aterido por el helaje de esa tarde tan negra como el peor de los sueños, inicia por decimocuarta vez la misma y única oración que recuerda. Se da por vencido y, como un malabarista en apuros, vuelve su rostro pálido hacia el abismo y abre sus brazos para dejarse caer en el vacío inevitable.
Ya tomando el rumbo de la muerte, piensa en su joven esposa y sus pequeñas hijas. Una corriente líquida empieza a correr en su interior. De súbito, fluye con vertiginosa rapidez y su volumen aumentado se transforma en la majestuosa corriente de un caudaloso río, un río más rojo que el más rojo de los ríos, salpicado de lágrimas que emergen rápidamente como impulsadas por brisas huracanadas.
Como atendiendo una orden invisible, el río llega al nivel salvador de las fuerzas de la vida. Lentamente se apaciguan sus aguas como guiadas por una mano divina que con mágico ademán transforma en un apacible lago cristalino de aguas rutilantes de donde emerge la luz celestial que bondadosa lo espera. ¡Oh, Gran Espíritu de los cielos! Ha llegado la anhelada salvación de este y la de millones de pecadores que han estado colgando de los malditos maderos.
Ahora siente la confianza y placidez que da estar en paz con Dios y con el mundo. Desea con fuerza irresistible llegar a este sitial sagrado llevado de la mano divina para nunca jamás olvidar ese inmenso poder de Aquél que derramó su sangre y sus lágrimas para salvarnos de las profundidades del abismo insondable.
Y allí mismo, en ese preciso instante, antes de soltarse en brazos de la muerte, siente la liberación de su agobiado espíritu al escuchar una voz moribunda que emerge de lo más profundo de las entrañas y le responde: "En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso".
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© 2008, Francisco Restom Bitar
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14 de marzo de 2008
CRISTO - José Barnoya
Al empezar la ascensión sintió sobre su hombro el peso de una cruz. Al llegar a la cima del calvario llevaba una ametralladora.
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© 2008, José Barnoya
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DEL COLESTEROL, TRIGLICÉRIDOS Y OTRAS HIEBAS - Marvin Valladares Drago
Asamblea General —Día D—.
Reunidos en pleno: bovinos, cerdos, mamíferos en general y otros animales apetecidos por el ser humano, y después de tres rondas de acalorados debates, decidieron firmar el "acta de la venganza a largo plazo". En el fallo los "irracionales" se comprometían a detener el alzamiento en armas. (Esta revolución había sido promovida días atrás por un grupo subversivo de venados y cabras montañesas, los cérvidos tenían organizado un escuadrón guerrillero en lo profundo de una montaña; sublevación justificada por los millones de crímenes cometidos a diario contra los animales del planeta.)
—¡Nuestras armas queridos compañeros! —exclamó un toro, azotando la cola contra sus muslos regordetes—, son más letales e inteligentes que las de ellos. Nuestro arsenal, si bien funciona a largo plazo, es preciso y letal; su eficacia está asegurada por siempre y para siempre. ¡El legado de nuestros genes nos conducirá a la victoria final!
—¡Hurra! —gritaron todos los animales excitados por el discurso febril de su líder.
—Mañana —prosiguió el novillo, restregando su negra pezuña contra un peñasco—, renaceremos en la sangre del tirano. Les prometo que llegaremos a sus arterias, incluso a su propio corazón ávido de nuestra carne y sacrificio. Así es que no teman camaradas, no desmayen ante el genocidio de nuestra raza, la venganza es dulce compañeros. ¡HASTA LA VICTORIA SIEMPRE!
¡ASÍ SEA! —gritaron todos al unísono, provocando una estampida sin precedentes en la historia.
La tierra tembló por muchos días.
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© 2008, Marvin Valladares Drago
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LUNA QUESO - Benjamín Ramón
Jaime sabía que la luna no era de queso. Tenía 39 años y un hijo de apenas 4 que cuidaba la abuela, su mamá, allá en pedregal donde él vivió un tiempo, antes de que Aminta lo dejara y se fuera al Darién (fíjate que irse para el Darién) llevándose al niño, que enfermó y casi se muere si no es porque Jaime dijo: Está bien, yo me quedo con él, el día que ella vino (está encinta) donde el médico (traía el mismo trajecito amarillo que yo una vez le compré).
Lustraba zapatos allí en la esquina de la Pantera Rosa, todo el día (hasta losomingos, ¡fíjate!). A veces hasta tarde si era viernes por ejemplo, como ayer. Los sábados, no; los sábados estaba la mañana en casa de su mamá con el niño pero al mediodía se venía y toda la tarde y la noche caminaba Calidonia, por la central, una y otra vez, alucinado, metiéndose en las cafeterías, parándose en las esquinas del banco o la Caja de Ahorros, mirándolas a todas y diciéndoles señorita, brillándole los ojos como cuando llegaba de noche y llegaba él a su casa antes de que Aminta lo abandonara (¡fíjate que irse para el Darién!), y después de cenar se acostaban.
Pero entonces fue cuando la mujer lo dejó, llevándose al niño sin decirle me voy, sin saber ella hasta que una comadre hermana del negro con quien se fue le dijo: Ay compa, fíjese que la comadre me dijo que se lo dijera.
Jaime andubo muchos días cabizbajo, quejándose, la sopa siempre tenía un pero, y no hablaba de otra cosa: sí que es bruta esa mujer, irse para el Darién. Y se e mojaban los ojos.
Ahora que tenía a Mito con él y que, si vieras cómo se ha compuesto, si está gordo, su abuela lo cuida mientras él trabajaba, casi casi la había olvidado. Vivo, se llevó la cucharada de sopa caliente a la boca, para que a él no le falte nada, dijo. Aunque a veces los sábados cuando cruzaba Calle J o se sentaba en el parquecito mirándolas a todas, de pronto la recordaba como era y tragaba seco, brillándole los ojos.
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© 2008, Benjamín Ramón
Tomado de "Contrareloj" (INAC, Panamá, 1992)
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7 de marzo de 2008
PUNTOS DE VISTA - Lissete Lanuza Sáenz
Es medio plana la vida, aplastada y con un sabor dulzón. También es un tanto olorosa, lo digo por este hedor intoxicante que me envuelve y que solía ser agradable, pero ahora se ha vuelto francamente repugnante. Esa es una de las desventajas de vivir en este pequeño envoltorio plateado (y digo envoltorio porque, vamos, la condenada cosa esta se pega a mi cuerpo con tal acierto que si quisiera dejar de ser plano, no podría).
Pero he oído rumores, y francamente el papelito brillante este suena como el cielo comparado con el cuento que escuché de lo que le pasó a Omar el de arriba. Dicen que dejó de ser plano, y ahora no tiene ni forma, ni olor, ni mucho menos sabor. Y por ahí escuché de las malas lenguas (porque te diré que ésas de menta son de lo más chismosas) que lo vieron medio despedazado en una esquina, pegado a un zapato. Cómo se habrán enterado no tengo ni idea, pero de todos modos me preocupa. Este tipo que me compró parece haber dejado los cigarrillos, y quién sabe qué ideas de destrucción cargará en la cabeza.
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© 2008, Lissete Lanuza Sáez
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LA SERVILLETA - David Robinson
Una servilleta rayada con un nombre y un número telefónico. Ella en el cuarto de baño. Y mientras orinaba, ella leía y releía lo escrito en el papel por el mejor cliente de la noche anterior. Según aquel tipo, él podría sacarla de la "vida fácil" y llevarla a una vida verdaderamente fácil. Fue muy vehemente al reiterar sus intenciones para con ella. Él estaba ebrio. Ella no. Una servilleta rayada. Ella en el cuarto de baño. Ella y una servilleta arrugada y mojada. Una servilleta que huye en el remolino del inodoro.
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© 2008, David Robinson
Premio de Cuento Hiperbreve en el Concurso Internacional de Microtextos "Garzón Céspedes"
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