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4.4.08

CRIMEN Y CASTIGO - Manuel Orestes Nieto

La sombra decidió, por fin, lanzarse sobre el objeto que la proyectaba, cansada de existir subordinada, anónima y de intentar en vano ejercer su albedrío. Siempre lateral, oblicua, pisada sin ser vista y bidimensional; siempre oscura y, a la vez, larga, gorda, chata, filamentosa o imperceptible; siempre dependiente del sol, de focos, velas, linternas o fuegos. Nunca ella misma, nunca un gesto propio y autónomo.

Desplegando todo su cuerpo, dio un salto felino y arropó al objeto, sofocándolo hasta dejarlo inerte. Sintió, por primera vez, que podía moverse a su antojo, estirar los miembros, girar sobre sus pies, desplazarse. Sólo basta huir de la escena del crimen.

Pero al iniciar su ansiada carrera hacia la libertad se fue deshaciendo a pedazos, atravesada por la luz.


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© 2008, Manuel Orestes Nieto
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UN GRINGUITO - Mario Augusto Rodríguez

La amarillenta luz del farol de la esquina penetra dentro del cuartucho a través de la ventana abierta. La difusa claridad destaca la negra silueta de la mujer medio sentada en el camastro.

Mientras se acaricia la redonda hinchazón del vientre para palpar los movimientos del embrión, la mujer monologa con maternal ternura:

—Tendrás papá. "Papá Tomy" tendrás que llamarlo. Antes de año nuevo nos casaremos. Después, cuanto tú hayas nacido y él termine su servicio en Albrook, nos llevará con él a los Yunai Estei.

Casi en voz alta, exclama con orgullo:

—Serás gringo como tu papá. No tengas miedo, hijo mío. Él dice que allá hay muchos gringos que son negros como nosotros.

Cierra los ojos soñadoramente. Las manos acarician con suavidad la vida que palpita bajo la tensa piel del vientre.

De pronto, desde arriba, desde el cielo, deciende la furia destructora. La mujer abre la boca para soltar el grito que no sale de la garganta.

Al día siguiente, un sargento de la Fuerza Aérea norteamericana busca entre los humeantes escombros los restos de su mujer y de su hijo no nato.


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© 2008, Mario Augusto Rodríguez
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