La amarillenta luz del farol de la esquina penetra dentro del cuartucho a través de la ventana abierta. La difusa claridad destaca la negra silueta de la mujer medio sentada en el camastro.
Mientras se acaricia la redonda hinchazón del vientre para palpar los movimientos del embrión, la mujer monologa con maternal ternura:
—Tendrás papá. "Papá Tomy" tendrás que llamarlo. Antes de año nuevo nos casaremos. Después, cuanto tú hayas nacido y él termine su servicio en Albrook, nos llevará con él a los Yunai Estei.
Casi en voz alta, exclama con orgullo:
—Serás gringo como tu papá. No tengas miedo, hijo mío. Él dice que allá hay muchos gringos que son negros como nosotros.
Cierra los ojos soñadoramente. Las manos acarician con suavidad la vida que palpita bajo la tensa piel del vientre.
De pronto, desde arriba, desde el cielo, deciende la furia destructora. La mujer abre la boca para soltar el grito que no sale de la garganta.
Al día siguiente, un sargento de la Fuerza Aérea norteamericana busca entre los humeantes escombros los restos de su mujer y de su hijo no nato.
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© 2008, Mario Augusto Rodríguez
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4.4.08
16.11.07
ORGASMO - Mario Augusto Rodríguez
Los cuerpos sudorosos, entrelazados, derraman placer. Las bocas se muerden murmurando gemidos y saboreando jadeantes suspiros.
La profunda intensidad del gozo compartido eleva a los amantes a los espacios siderales. Lejos de la tierra, no escuchan el ruido atronador que enciende el aire.
Cuando el cohete revienta en azuladas llamaradas, la pareja vuelve en el supremo éxtasis del orgasmo.
Al día siguiente, un soldado escudriña con la punta de su M16 entre las ruinas calcinadas: busca restos o huellas de batalloneros. De pronto, se sorprende ante un montoncillo de morenas cenizas: forman la perfecta semiesfera de un seno femenino.
El soldado hunde un dedo en la ceniza. Se acerca el dedo a la nariz:
—¡Carajo! —exclama—. Esto huele sabroso.
Se lleva el dedo a la punta de la lengua. Lo saborea y vuelve a exclamar:
—¡Y sabe lo mismo!
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© 2007, Mario Augusto Rodríguez
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La profunda intensidad del gozo compartido eleva a los amantes a los espacios siderales. Lejos de la tierra, no escuchan el ruido atronador que enciende el aire.
Cuando el cohete revienta en azuladas llamaradas, la pareja vuelve en el supremo éxtasis del orgasmo.
Al día siguiente, un soldado escudriña con la punta de su M16 entre las ruinas calcinadas: busca restos o huellas de batalloneros. De pronto, se sorprende ante un montoncillo de morenas cenizas: forman la perfecta semiesfera de un seno femenino.
El soldado hunde un dedo en la ceniza. Se acerca el dedo a la nariz:
—¡Carajo! —exclama—. Esto huele sabroso.
Se lleva el dedo a la punta de la lengua. Lo saborea y vuelve a exclamar:
—¡Y sabe lo mismo!
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