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11.4.08

DE OLDUVAI A UN PLATO PIETRI - Minipresentación, edición #50

Al norte de Tanzania, en la estrecha garganta de Olduvai, se descubrieron los restos más antiguos de humanos fabricantes de herramientas. No humanos modernos, sino nuestros directos antepasados homínidos que hace dos y medio millones de años empezaron a cortar piedras que les permitieron sobrevivir en los alrededores de lo que entonces era un lago en el corazón de África. Un millón de años después, sus hijos más evolucionados, menos bestiales, hacían herramientas más complejas que les permitían comer elefantes cazados en la misma región del inefable Serengeti oriental. Mejor alimentados, los herederos de esta industria decidieron abandonar su hogar milenario y dispersarse por el mundo. Pero, ¿qué impulsó a ese ser a cortar con intención una piedra y desarrollar métodos para hacer cuchillos y cazar elefantes? Voz de adentro que dice, empuja, azuza. Aún la escuchamos, la sentimos. Hijos de homínidos fabricantes de herramientas, aún tenemos eso que nos lleva a usarlas, a modificarlas, a crearlas. Es una herencia que viaja con la humanidad en el núcleo de cada célula: la doble hélice de cadenas de material genético, el ADN.

Y es que la humanidad entera está contenida en ese polímero. Colección de fosfatos y azúcares, el ADN es una estructura molecular increíble. Como en una biblioteca, y en cada célula del cuerpo, están las instrucciones completas para hacer un ser humano. Esa biblioteca, que es casi idéntica de persona a persona y muy similar a la de nuestros parientes cercanos en el reino animal, se transmite de generación en generación. A veces con cambios, menores o mayores, que pueden morir en el error o dar inicio a una nueva época en la historia de nuestra especie. Algunos errores aún los vemos: a veces se transmiten, inservibles cadenas que no afectan pero son copiadas de padres a hijos; otras veces son las cosas que nos matan prematuramente. Los cambios positivos no son tan evidentes en la biblioteca de material genético, pero es muy posible que hace dos y medio millones de años algo cambió por error en el código de algunos de esos viejos habitantes del Serengueti.

Pero hoy los científicos no se emocionan con hacer herramientas manuales; tallar la piedra sólo es interesante cuando lo hace un artista escultor. Hoy, buscamos entender cómo se combinan las cadenas de material genético para formar las palabras que nos describen. Para ello hacemos mano de maneras novedosas, y probamos, observando qué cambia al trocarlas; las mezclamos con las de otras especies y probamos el resultado; y ya empezamos a sintetizar algunas cadenas, inventando una nueva forma de biología sintética. Tenemos la esperanza de salvar vidas modificando códigos, clonando repuestos, sintetizando soluciones. Pero, quién dice que no, también emociona (y asusta) la idea de mezclar barro y hacer golems, vida artificial. Y siempre se empieza por lo pequeño, un fragmento de código que como el de virus se inserta en una célula y se prueba si desaparece o se reproduce incesantemente.

Esta introducción, que empezó pequeña se ha vuelto extensa y les pido que me disculpen. Pero es fascinante el viaje completo, de las orillas de un lago que los volcanes rellenaron con cenizas y las fuerzas sísmicas convirtieron en valle en el norte de Tanzania, hasta los laboratorios de genética del siglo XXI y esa vida creada por la mano humana en platos Pietri. Trabajo peligroso pero inevitable por esa voz primitiva que aún nos habla insistente. Sobretodo a científicos y artistas.

Artistas de los que hoy les presento, con mucho orgullo, a cinco de ellas. De Panamá, México, Honduras y El Salvador, poesía y cuentos de Giovanna Benedetti, Melanie Taylor, Silvia Fernández-Risco, Lety Elvir y Silvia Elena Regalado que espero que disfruten mucho.

JLRP, editor
www.minitextos.org