Cuando yo era chico, solía visitar la media docena de pozas que, por filtración, se formaban a inmediaciones del río. Siempre estaban cubiertas de plantas acuáticas y eran un hervidero de tepocates y ranas en sus diferentes etapas de desarrollo.
Por pura travesura, con fruición, golpeaba con fuerza la superficie del líquido y gozaba al ver como los asustados animales trataban de huir en todas direcciones. Repetía la acción varias veces y me reía con ganas, burlándome de ellos y de su incapacidad para defenderse.
Pero un día en que estrenaba un atuendo de mezclilla (lona), compuesto de pantalón y chumpa, me acerqué a una de las pozas con la intención de deleitarme con mi diablura, pero por un descuido, tropecé y fui a parar al agua. La poza no era profunda y pude ponerme en pie, pero mi nueva vestimenta adsorbió tal cantidad de agua que multiplicó su peso e impedía mis movimientos y no podía salir.
La fauna local, detectó mi impotencia y aprovechó la ocasión para cobrar venganza por mis fechorías pasadas. Se me acercaron a mansalva por todos lados y empezaron a hacerme cosquillas con sus trompas y sus patitas y yo reía desaforadamente debido al pícaro cosquilleo, a tal punto que me brotaban las lágrimas.
Desesperado, les gritaba que ya, que me rendía, que no los molestaría más. Pero todo era inútil. Gozaban con su proceder, de tal manera, que de todas las pozas brotaban las risas burlonas y solidarias.
Si no hubiera sido porque por ahí pasaron unos campesinos que me ayudaron a salir, a estas alturas, todavía estuviera siendo victima de los vengativos renacuajos, quienes se carcajeaban de mí, en franca vendetta.
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© 2008, Vicente Antonio Vásquez
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