24.8.07

LA TRAMA Y LOS FRACTALES - minipresentación, edición #17

La trama - Jorge Luis Borges

Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por lo impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.

Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

En la edición #2 de minitextos.org hablaba de Jorge Luis Borges como autor de minificciones y comentaba un cuento del libro "El hacedor", publicado en 1960. Hoy, no puedo evitar empezar esta edición con otra pieza genial del autor argentino, tomada del mismo libro, que es la que he publicado completa para ustedes. Y es que precisamente hoy, 24 de agosto, se cumplen 108 años del nacimiento del maestro bonaerense. En este caso, es un texto ejemplar, que aparte de la brevedad que nos interesa en esta página, contiene elementos propios de toda la literatura creada por Borges: el tiempo como algo cíclico, simétrico, plagado de coincidencias que a la vez son contrastes. O visto desde otro punto de vista, el de la matemática fractal, disciplina que empezó a finales de los setenta y que trata de describir el complicado mundo real a través de una geometría distinta a la que aprendemos en el colegio, "La trama" es un cuento de complejidad infinita, autosimilar, es decir, con detalles que se repiten sin ser idénticos, hecho de reiteraciones, construido de situaciones de un caos aparente pero que explica un orden mayor que el mismo cuento que no tiene ni una docena de líneas. Caos aparente de la realidad que Borges explica a través del tiempo circular, la historia fractal.

En fin, esta es una minipresentación y el tema de las matemáticas fractales y la obra de Borges, aún cuando evaluemos sólo un texto brevísimo como éste, dan para discutir por horas y hacer estudios completos. Pero ese no es mi objetivo, que aquí era sólo celebrar a ese autor, influencia universal y muy personal, a quien quiero dedicarle este número.

Así que entremos en materia: hoy tengo el gran placer de presentarles cuentos y poemas de Francisco J. Berguido, Indira Moreno, Julio Acuña, Alexander Anchía Vindas, Victoria Jiménez Vélez con los que hoy completamos 85 autores contemporáneos de toda Hispanoamérica que, en verdad, espero que disfruten en esta edición #17 de www.miniTEXTOS.org.

JLRP, Editor.

LA CAJA DE MÚSICA - Francisco J. Berguido

En los ecos del silencio de la madrugada, la risa le llegaba a Elsa de forma circular y angustiosa. Primero la sentía como una vibración dormida en la cajita de música donde guardaba sus prendas y de donde sabía que provenían las carcajadas que en las noches se le hacían insoportables. Eran ya casi dos semanas en las que el rumor de la cajita la despertaba y aunque no la abriera, el estrépito se le filtraba por los temporales como una marea. Angustiada, gritaba y los gritos despertaban a sus padres y hermano mayor que dormían en sus habitaciones.

Un buen amigo de la familia había recomendado a un psiquiatra especialista en esquizofrenia. Elsa había recibido evaluaciones de sicólogos, auscultaciones de internistas y hasta otorrinolaringólogos, pero sus gritos continuaban despertando a todos cuando ella escuchaba la risa. ¿Por qué vendría de la caja? Era definitivamente la bailarina que giraba sobre el espejo magnético al compás mecánico del Claro de Luna la que reía. ¿O era algún hechizo que cambiaba los suaves golpes musicales por descomunales explosiones de risa, por desenfrenados golpes de aire, por aullidos histéricos? Se trataba tal vez de uno de esos fantasmas que se empotran en las cosas, esos que hacen crujir la madera, que cierran las puertas o esconden objetos que uno no encuentra cuando sabe que los dejó en este sitio y ¿por qué no están?

En un momento de calma, intentó, científica y pacientemente, llegar al fondo de la risa. Había dejado la música sonar hasta que no hubiera más cuerda en la caja, pero la risa se levantaba como un aleteo de insectos por entre la madera. Le recorría la piel con sus patas delgadas, la manoseaba toda, la dejaba asqueada. Esa noche, también, intentó separar a la bailarina de su espejo, dejándola a ella en un cuarto y a la caja en otro. Fue en vano. La risa se oía, primero desde donde estaba la bailarina, luego desde donde había dejado la caja. Se sentía al unísono, la carcajada proveniente de las paredes, de los cuartos. La casa toda amplificaba la risa. Desesperada, arrojó por la ventana la caja con todo y bailarina. Elsa, con los ojos salidos de sus órbitas, observó contenta cuando la caja fue a parar cerca del árbol de tamarindo que, escuálido y triste, adornaba su jardín.

Por fin hubo silencio. Por cuatro minutos se recostó en su cama, con un aire de satisfacción. Se sintió tranquila, respiró paz. Estaba lejos de ella para siempre. Pero fueron sólo cuatro minutos antes de que su respiración como cascada pasara de suave a un jadeo quedo, luego de un hipo a un pitido asmático. Su respiración era un humo que inundaba el aire llenando las grietas en la madera, los marcos con fotos viejas, las moléculas. Como de un tirón se sintió levitando hacia la ventana: la caja aún a un lado del tamarindo. Esta vez, la vio. Vio la risa que se acercaba con su cara lánguida y miserable a torturarla. Elsa sintió cuando la golpeó de frente con una ráfaga de dientes consumiéndole el cerebro. Después del estallido de risa, el estallido de nervios.

Nadie escuchaba la risa más que Elsa, nadie sentía el horror encerrado en la cajita hasta que, esa noche, la vieron desgreñada y cubierta en lodo. Al lado del tamarindo, el hueco que había abierto con las manos. Ella abrazando el diminuto cuerpo putrefacto, envuelto en una nube de cadaverina, lleno de gusanos regordetes blancos, que apartaba con sus dedos cubiertos de tierra. El gancho con la sangre coagulada saltaba retorcido desde el hueco. No fue hasta que la encararon para preguntarle por qué no había hablado, por qué callar el nombre del padre, por qué sangrar en silencio, cuando finalmente todos sintieron la risa espeluznante, el sonido retumbando en las paredes, el despertar de los vecinos, la carcajada ahogada en saliva, la marea histérica, las sirenas, la muerte, la locura.

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© 2007, Francisco J. Berguido
Tomado de "La costra roja" (UTP, Panamá, 2006)
Puedes saber más del autor [[AQUÍ]].

CANTO II - Indira Moreno

cuna de los días.
cárcel de las noches.

cuando más te veo,
¡menos te conozco!

mientras más te avanzo,
te dejo de sentir.

no sé quién eres.
si bien me han contado
salomas de los tiempos
que mi espíritu nace de ti...

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© 2007, Indira Moreno
Tomado de "Cantares de un silencio" (Panamá, 1999)
Puedes saber más de la autora [[AQUÍ]].

ATLAS 2012 - Julio Acuña

Zeus indicando
el oráculo:
debes ver estas cosas
y contemplar quieto
la voluntad del caos.

Orión
de cabellos
ondulantes
en la hormona
de abril,
quiso conocer
otro perfume.

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© 2007, Julio Acuña
Puedes saber más del autor [[AQUÍ]].

LIBERTAD - Alexander Anchía Vindas

Cuando mi alma en su viaje de pluma
gaste todo su combustible nómada,
el óleo desparramado por mis fracasos
deberá atrapar los colores del infinito.

Entonces el horizonte
estrechará mis sentimientos
como hermano que
viste mi sonrisa de arco iris
tras el fatigado viaje.

Mi tierra prometida
es más cara que la utopía
y más barata que un sueño.

Al final nos absorberá
el planetario desquiciado,
subastando una a una las estrellas
al precio de la CIA.

Caído de la cama;
me veo, te veo
y continúo arrastrándome en el lodo.

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© 2007, Alexander Anchía Vindas
Puedes conocer más del autor [[AQUÍ]].

EL PERSONAJE - Victoria Jiménez Vélez

El personaje llegó y yo no sabía qué hacer con él. Su mirada larga y profunda encaró mis pupilas.

—¿Y ahora qué? —parecían decir sus ojos pardos.

Al moverse, su saco se abría y aleteaban las solapas a ambos lados de su cuerpo, como si fuera a salirse de los límites de lo concreto, de lo conocido, de las equivocaciones de Freud, dándole una sensación de libertad que me capturó desde el primer instante.

Me sonrió y pareció que el cielo se abría. No pude más que sonreírle a esa alegre sensación que hizo vibrar mi cuerpo con una oleada de felicidad inexplicable.

Sus ademanes dibujaban su carácter. Había fuerza en su manera de colocar la silla del pequeño restaurante, en la que se sentó. Confianza y abandono en el modo de dejarse caer en el asiento, sin recoger las piernas, permitiendo que éstas se extendieran hasta donde querían, a pesar de la firmeza con que su columna se acomodó al espaldar. Todos sus gestos eran tan sueltos y naturales, espontáneos y sincronizados, igual que el germinar de una semilla.

Me miró otra vez y no pude iniciar la conversación. Las palabras huyeron de mi memoria, atropelladamente, dejándome la boca vacía. Sonreí nerviosa y mi mano derecha se movió como un molino, tratando de explicar.

—Perdí el hilo del pensamiento —dije.

Pareció comprender mi actitud mientras me horadaba con su mirada.

Entonces hablamos. Dijimos todo lo que no nos interesaba decir. El tema era literario. Teníamos posiciones encontradas.

Disfracé con palabras de artificio mis verdaderas emociones. ¡Quería decir tantas cosas! Las ideas, desvestidas de sonido, quedaron atoradas en mi garganta.

Él había surgido de pronto de la nada, como un producto de mi imaginación, pero desde el principio se manifestó íntegro; mi manipulación no lo alcanzaba. Palpitaba con los latidos de su propia vida.

Entre las palabras dichas circularon las que no pronunciamos, en una conversación paralela que se expresó sin voces, con la cadencia de nuestros movimientos, miradas, gestos, sensaciones; energía íntima dentro de un código secreto improvisado.

—Yo escribiré este cuento a mi manera, no a la tuya —me comunicó con el destello de su mirada fija.

Repentinamente, el escenario cambió. Ahora estábamos en una
casa.

Lo observé curiosa y sorprendida. Mi historia, sin cercos ni paredes, ya estaba preparada hasta el final.
La había tramado con la precisión que da lo conocido. No quería perder el control. La presencia de él exigía cambiarlo todo. Sería preciso comenzar de nuevo. ¿Podría volver a hacerlo?

—Esta es mi historia —reclamé casi sin fuerzas, a pesar de mi carácter, hasta antes de ese momento, inconmovible.

—No, es la tuya y la mía —contestó con suave aplomo y abrió los brazos.

Fui hacia él.

Cerré los ojos, apoyé mi cabeza en su hombro. Me abrazó tierna pero firmemente. Desabotonó uno a uno los botones de mi blusa, y así, sin prisa fue despojándome de todos mis vestidos.

Completamente desnuda temblé en sus brazos. Y con sus besos escribió, pausadamente, en cada espacio de mi piel la nueva historia.

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© 2007, Victoria Jiménez Vélez
Tomado de "Realidades y otras fantasías" (UTP, Panamá, 2007)
Puedes conocer más de la autora [[AQUÍ]].

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