Por eso ni me inmuté cuando vi entrar a Edgardo. Los sueños son así, a veces parecen la copia textual de algo sucedido, y yo siempre me adormezco en el subte.
Es cierto que verlo me llenó de nostalgia; qué se yo, su rostro, su ansiedad, sus proyectos, su viaje a Londres, su muerte allí tan lejos de nosotros y de todo.
Supe que al igual que hace dos años, cuando de regreso a casa lo encontré y me habló de su alejamiento a Europa, su figura aparecería por las puertas descorridas del vagón, se acercaría a palmearme con su mano izquierda, a sentarse a mi lado, a narrarme todo en la oreja con su voz atropellada y los adjetivos ampulosos de los cuales siempre disfrutó excediéndose.
Todo sería igual, claro, él me contaría de Inglaterra, de los dos días que faltaban para su partida, cedería el asiento a una viejita de blusa verde, me continuaría hablando de pie, tomándose del pasamanos y equilibrándose en los talones. Yo seguiría con mis oídos sus gritos susurrados tras el ronroneo de la máquina, previendo sus palabras, sus comas, sus exaltaciones y sus miedos, sabiéndolo todo anticipadamente y de memoria. Un chico entraría lloriqueando de la mano de su madre, se sentarían frente a mí, y Edgardo me sacudiría requiriéndome atención, a la vez que un vendedor de golosinas de camisa blanca y jeans gastados se aproximaría un segundo después para pedir paso.
En la estación venidera —lo recordaba sin ninguna duda— muchos se bajarían, Edgardo recuperaría su asiento mientras la viejita trastabillaría poniéndose de pie y agradeciendo la mano estirada de un joven de corbata. Yo le preguntaría por su vuelta —esa que nunca sucedió— él me contestaría "quizá pronto", yo le acotaría que lo extrañaríamos, él me respondería que iba a escribirnos.
La estación Carlos Gardel se divisaría en segundos, Edgardo, celular en mano, juntaría su cabeza a la mía e intentaría una foto de recuerdo —esa tal mal tomada que yo igual amplié y coloqué en mi mesa de luz—.
El abrazo sería fuerte, incómodo por la despedida, y él desaparecería como en aquél, su último día en Buenos Aires.
Me despertaría algo confundido, es cierto, no es lindo dormirse en movimiento, es extraño soñar con el pasado, revivirlo con la literalidad del presente. Volvería a mi cotidianeidad de incertidumbre, de futuro ignorado, de desconocimiento ante cada hecho por suceder.
Caminaría triste por las calles húmedas, con ese olor a jazmines de los balcones nocturnos recién acallados, llegaría a casa, me tiraría en el sillón, pensaría en mi amigo muerto, y Mariana vendría, con su pelo italiano, su Campari con hielo, su cuchicheo dulce, que la nena duerme... Cada día está más grande... No sabés lo que hoy me dijo, y a vos cómo te fue, mañana vamos de mami porque es el cumpleaños, ah qué cabeza casi me olvido... Hace un ratito llamó Edgardo... Dice que te va a mandar por mail la foto que se sacaron en el subte... Va a ser un lindo recuerdo ahora que él se va para Londres.
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© 2008, Marcelo Galliano
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28.3.08
18.1.08
TIEMPO DE SIEMBRA - Graciela Wencelblat
Cayó
el pájaro rasgó el cielo.
Trabajó con la vida y la muerte
forzó su cuerpo
lo sujetó al tiempo.
No pudieron llevarla
las furias ni los vientos.
Un duende susurró al oído
todavía es tiempo de siembra.
---
© 2008, Graciela Wencelblat
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el pájaro rasgó el cielo.
Trabajó con la vida y la muerte
forzó su cuerpo
lo sujetó al tiempo.
No pudieron llevarla
las furias ni los vientos.
Un duende susurró al oído
todavía es tiempo de siembra.
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© 2008, Graciela Wencelblat
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4.1.08
INTENTO - Diego Edgardo Rey
Lo intenté. Juro que lo hice.
Y no una vez. Fueron muchas.
Pero el mar la traía a mi orilla;
En la noche negra y vacía
En la tarde triste y fría
En la mañana gris, toda mía.
Más allá de mi esfuerzo, esa salvación.
Regresaba. La extrañaba. La buscaba.
La maté. No fue fácil.
El amor, a veces, nos confunde.
---
© 2007, Diego Edgardo Rey
Tomado de "Paraísos perdidos"
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Y no una vez. Fueron muchas.
Pero el mar la traía a mi orilla;
En la noche negra y vacía
En la tarde triste y fría
En la mañana gris, toda mía.
Más allá de mi esfuerzo, esa salvación.
Regresaba. La extrañaba. La buscaba.
La maté. No fue fácil.
El amor, a veces, nos confunde.
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© 2007, Diego Edgardo Rey
Tomado de "Paraísos perdidos"
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14.12.07
PUNTO FINAL - Marcelo Galliano
Y entonces ninguna culpa por el alivio, por concluir el rancio ritual de la congoja. Si nada fue gratis...: la carga incomprensible de verla irse, de saber que era temprano pero tarde, de imaginar su mirada improbable en la habitación 28.
"El padre de", ese era mi nombre. Tanta veces tuve ganas de apuntar a los entrecejos de esos tipos de blanco y perforarlos con: ¿padre de qué?
No; no había fuerzas para tanto reproche, las que quedaban se iban en cada Gitanes babeado en las vigilias de esos pasillos —donde fumar era cantarle un falta envido a la muerte—, y en las ojeadas tristes a la muñeca traspasada de tubos, a sus hilachas de pelo mustio derramadas en la almohada húmeda, a su piel blancuzca como un durazno de lluvia.
Dolor. Así, sin mucho que agregar, sin ningún adjetivo amarillento que lo aplacara con dos o tres sílabas en un vaso de agua cada ocho horas, cada tres o cuatro frases.
Luego todo en uno se multiplica. No bastan dos oídos, hay que escuchar cada susurro, cada comentario, cada puerta que se abre, cada hoja que se garabatea. No alcanzan dos ojos, hay que mirarla con diez, con veinte, con cincuenta, hay que escrutarle las cejas, las mejillas y los labios, inventariar sus mínimos movimientos, seguir la oscilación de su pecho, memorizar su rostro para que no se pierda en el olvido. Hay que tener mil brazos para obstruir el tiempo, ser mago para que todo se detenga. Se puede, sí, sí; lo digo yo que estuve horas, días, siglos pujando con el hígado para que el pétalo lastimado no se cayera, acunándolo entre mis párpados sin chistar, sin tocar, sin soñar, porque quién sabe... Quién sabe si en ese filo delgado entre la nada y el todo alguien escucha el llanto, el ruego, el "Padre nuestro que estás ¿cómo sigue?, santificado sea no hubo cambios, venga a nosotros qué dicen los médicos, hágase tu voluntad..."
Era fresca la mañana en que el zapateo inútil de las corridas en su habitación me despertó. Las pupilas vacías que se apartaban de su cuerpo ahora yerto, me dijeron lo que no necesitaba escuchar.
Un rayo de luz, incómodo y soberbio, se colaba por una ventana. Lo imaginé Dios, no sé, acaso una tontería. Me acerqué, lo miré fijo, y sin ningún reparo le dije: "Gracias".
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© 2007, Marcelo Galliano
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"El padre de", ese era mi nombre. Tanta veces tuve ganas de apuntar a los entrecejos de esos tipos de blanco y perforarlos con: ¿padre de qué?
No; no había fuerzas para tanto reproche, las que quedaban se iban en cada Gitanes babeado en las vigilias de esos pasillos —donde fumar era cantarle un falta envido a la muerte—, y en las ojeadas tristes a la muñeca traspasada de tubos, a sus hilachas de pelo mustio derramadas en la almohada húmeda, a su piel blancuzca como un durazno de lluvia.
Dolor. Así, sin mucho que agregar, sin ningún adjetivo amarillento que lo aplacara con dos o tres sílabas en un vaso de agua cada ocho horas, cada tres o cuatro frases.
Luego todo en uno se multiplica. No bastan dos oídos, hay que escuchar cada susurro, cada comentario, cada puerta que se abre, cada hoja que se garabatea. No alcanzan dos ojos, hay que mirarla con diez, con veinte, con cincuenta, hay que escrutarle las cejas, las mejillas y los labios, inventariar sus mínimos movimientos, seguir la oscilación de su pecho, memorizar su rostro para que no se pierda en el olvido. Hay que tener mil brazos para obstruir el tiempo, ser mago para que todo se detenga. Se puede, sí, sí; lo digo yo que estuve horas, días, siglos pujando con el hígado para que el pétalo lastimado no se cayera, acunándolo entre mis párpados sin chistar, sin tocar, sin soñar, porque quién sabe... Quién sabe si en ese filo delgado entre la nada y el todo alguien escucha el llanto, el ruego, el "Padre nuestro que estás ¿cómo sigue?, santificado sea no hubo cambios, venga a nosotros qué dicen los médicos, hágase tu voluntad..."
Era fresca la mañana en que el zapateo inútil de las corridas en su habitación me despertó. Las pupilas vacías que se apartaban de su cuerpo ahora yerto, me dijeron lo que no necesitaba escuchar.
Un rayo de luz, incómodo y soberbio, se colaba por una ventana. Lo imaginé Dios, no sé, acaso una tontería. Me acerqué, lo miré fijo, y sin ningún reparo le dije: "Gracias".
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© 2007, Marcelo Galliano
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9.11.07
INSOMNIUM - Víctor González
Orlando Calderón no duerme hace sesenta y un años: su memoria ha guardado la mortífera imagen de su pollito Cirilo atragantándose con una larga y gorda lombriz.
Hace tres noches logró dormir; en la siguiente también lo hizo y soñó con Cirilo. Anoche se despertó tratando desesperadamente de quitarse algo de la boca, sin conseguirlo.
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© 2007, Víctor González
Puedes saber más del autor [[AQUÍ]].
Hace tres noches logró dormir; en la siguiente también lo hizo y soñó con Cirilo. Anoche se despertó tratando desesperadamente de quitarse algo de la boca, sin conseguirlo.
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© 2007, Víctor González
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28.9.07
PALABRA UNIVERSAL - Graciela Wencelblat
Esa mujer
rozándose con los vuelos.
Perfuma las flores llevando una sola palabra
desnuda alrededor de su vientre.
Una que nadie entiende.
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© 2007, Graciela Wencelblat
Puedes saber más de la autora [[AQUÍ]].
rozándose con los vuelos.
Perfuma las flores llevando una sola palabra
desnuda alrededor de su vientre.
Una que nadie entiende.
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26.7.07
Sobre Oscar Daniel Salomón
Oscar Daniel Salomón nació en Buenos Aires, Argentina, el 10 de octubre de 1956, donde vive actualmente. Es Master en Salud Pública y Doctor en Ciencias Biológicas.
Ha publicado una novela corta "Desencantar la tierra" y un libro de relatos "Aquicito nomás". Participó en trece antologías de cuentos, dos de poesía y tres de ensayo literario, entre ellas tres editadas en España (Ed. Pliegos, Ed. Sirius) y otra en Iowa, Estados Unidos (University Press of America, Inc. Lanham). Ha colaborado con cuentos en las revistas Puro Cuento y Fronteras, y en los periódicos La Prensa y De par en par.
Sus obras han recibido veintiocho premios y menciones en diversos concursos. Los más importantes: 1er premio Julio Cortázar (Fund. Cult. San Telmo), 1er premio E. Bocco (Fund Y. Mishima), 1er premio Atilo Betti (At. E. Echeverría), mención de honor Concurso Literario 1984 Derechos Humanos (APDH-EUDEBA), finalista Concurso Juan Rulfo (RFI, París) y Constantí 2005, 2do premio cuentos Victoria Ocampo 2002, 2do premio relatos NITECUENTO 2003 y Constantí 2005.
En miniTEXTOS.org ha publicado en la edición #13.
Ha publicado una novela corta "Desencantar la tierra" y un libro de relatos "Aquicito nomás". Participó en trece antologías de cuentos, dos de poesía y tres de ensayo literario, entre ellas tres editadas en España (Ed. Pliegos, Ed. Sirius) y otra en Iowa, Estados Unidos (University Press of America, Inc. Lanham). Ha colaborado con cuentos en las revistas Puro Cuento y Fronteras, y en los periódicos La Prensa y De par en par.
Sus obras han recibido veintiocho premios y menciones en diversos concursos. Los más importantes: 1er premio Julio Cortázar (Fund. Cult. San Telmo), 1er premio E. Bocco (Fund Y. Mishima), 1er premio Atilo Betti (At. E. Echeverría), mención de honor Concurso Literario 1984 Derechos Humanos (APDH-EUDEBA), finalista Concurso Juan Rulfo (RFI, París) y Constantí 2005, 2do premio cuentos Victoria Ocampo 2002, 2do premio relatos NITECUENTO 2003 y Constantí 2005.
En miniTEXTOS.org ha publicado en la edición #13.
5.7.07
Sobre Víctor González
Víctor González nació el 8 de mayo de 1970 en la ciudad de Olavarría, Provincia de Buenos Aires, lugar donde reside. Cursó sus estudios primarios en la Escuela Nº4 Domingo Faustino Sarmiento y el secundario en el entonces Colegio Nacional Coronel Olavarría. Se graduó en la tecnicatura de Análisis de Sistemas en el año 2002.
Asiste a un taller literario. Ha escrito relatos y prepara su primera novela.
En miniTEXTOS.org ha publicado en la edición #10 y la #28.
Asiste a un taller literario. Ha escrito relatos y prepara su primera novela.
En miniTEXTOS.org ha publicado en la edición #10 y la #28.
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