28.3.08

TREINTA MINUTOS SIN TIEMPO - Marcelo Galliano

Por eso ni me inmuté cuando vi entrar a Edgardo. Los sueños son así, a veces parecen la copia textual de algo sucedido, y yo siempre me adormezco en el subte.

Es cierto que verlo me llenó de nostalgia; qué se yo, su rostro, su ansiedad, sus proyectos, su viaje a Londres, su muerte allí tan lejos de nosotros y de todo.

Supe que al igual que hace dos años, cuando de regreso a casa lo encontré y me habló de su alejamiento a Europa, su figura aparecería por las puertas descorridas del vagón, se acercaría a palmearme con su mano izquierda, a sentarse a mi lado, a narrarme todo en la oreja con su voz atropellada y los adjetivos ampulosos de los cuales siempre disfrutó excediéndose.

Todo sería igual, claro, él me contaría de Inglaterra, de los dos días que faltaban para su partida, cedería el asiento a una viejita de blusa verde, me continuaría hablando de pie, tomándose del pasamanos y equilibrándose en los talones. Yo seguiría con mis oídos sus gritos susurrados tras el ronroneo de la máquina, previendo sus palabras, sus comas, sus exaltaciones y sus miedos, sabiéndolo todo anticipadamente y de memoria. Un chico entraría lloriqueando de la mano de su madre, se sentarían frente a mí, y Edgardo me sacudiría requiriéndome atención, a la vez que un vendedor de golosinas de camisa blanca y jeans gastados se aproximaría un segundo después para pedir paso.

En la estación venidera lo recordaba sin ninguna duda muchos se bajarían, Edgardo recuperaría su asiento mientras la viejita trastabillaría poniéndose de pie y agradeciendo la mano estirada de un joven de corbata. Yo le preguntaría por su vuelta esa que nunca sucedió él me contestaría "quizá pronto", yo le acotaría que lo extrañaríamos, él me respondería que iba a escribirnos.

La estación Carlos Gardel se divisaría en segundos, Edgardo, celular en mano, juntaría su cabeza a la mía e intentaría una foto de recuerdo esa tal mal tomada que yo igual amplié y coloqué en mi mesa de luz.

El abrazo sería fuerte, incómodo por la despedida, y él desaparecería como en aquél, su último día en Buenos Aires.

Me despertaría algo confundido, es cierto, no es lindo dormirse en movimiento, es extraño soñar con el pasado, revivirlo con la literalidad del presente. Volvería a mi cotidianeidad de incertidumbre, de futuro ignorado, de desconocimiento ante cada hecho por suceder.

Caminaría triste por las calles húmedas, con ese olor a jazmines de los balcones nocturnos recién acallados, llegaría a casa, me tiraría en el sillón, pensaría en mi amigo muerto, y Mariana vendría, con su pelo italiano, su Campari con hielo, su cuchicheo dulce, que la nena duerme... Cada día está más grande... No sabés lo que hoy me dijo, y a vos cómo te fue, mañana vamos de mami porque es el cumpleaños, ah qué cabeza casi me olvido... Hace un ratito llamó Edgardo... Dice que te va a mandar por mail la foto que se sacaron en el subte... Va a ser un lindo recuerdo ahora que él se va para Londres.


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© 2008, Marcelo Galliano
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