Desesperada, Paloma del Carmen Zarzamorano y sus dos pequeñas hijas lloraban al borde del puente, mirando hacía el caudaloso río, mientras los rescatistas buscaban con afán el cuerpo de Aureliano de la Cruz Trespalacios, amante esposo y padre que había sufrido un accidente mortal.
Ochenta y tres horas después de vana búsqueda, el cuerpo de bomberos solo había podido rescatar la vieja Harley-Davidson que Paloma del Carmen odiaba, porque en el fondo de sus grandes ojos azul turquesa su cerebro la proyectaba como una mujer toda vestida de negro, volando acaballada con su marido en el vehículo aquel, haciendo más ruidos que los cielos atronadores del invierno.
El jefe de bomberos y otros socorristas, en operaciones arriesgadas, emplearon toda su pericia y equipos técnicos disponibles para peinar el área varias veces en búsqueda del fenecido Aureliano de la Cruz, hasta que suspendieron con resignación la fatigosa tarea, cuyos costos afectaron las escuálidas arcas del municipio.
Desde ese día, Paloma del Carmen guardó luto riguroso por la muerte de su amado.
En la oscuridad de la trigésima noche del nefasto suceso, la mujer se retiró a su habitación para entregarse a sus pesadillas de entierros fúnebres, cuando de repente se le apareció a pocos pasos un fantasma de saco y corbata que le hablaba con una voz que a ella le pareció de ultratumba, haciéndole ademanes indescifrables. La mujer gritó aterrorizada, invadiendo la casa con su miedo, pero el fantasma le suplicó que guardara silencio, identificándose como Aureliano de la Cruz que regresaba para reencontrarse con su familia a disfrutar de la paz de su dulce hogar.
Arrepentido de haber engañado a su mujer, y para justificar su súbita desaparición, le contó a la ofendida, con voz quebradiza, una historia extraña de espíritus malignos que los mantuvo insomnes hasta las seis de la mañana.
Su elocuencia estaba a punto de superar la inteligencia de un corazón enamorado cuando a sus manos llegó la nota del cobro de los gastos malversados en la infructuosa búsqueda de un cadáver que nunca existió, mientras la supuesta víctima disfrutaba de una opulenta luna de miel en los carnavales de Río de Janeiro con Marie, la rubia esposa del condecorado bombero Mayor, quien había desaparecido de Pueblo Grande la misma tarde del terrible accidente de Aureliano de la Cruz Trespalacios.
A Marie, contra lo planeado, se le habían cruzado los cables de la cordura en Copacabana, abandonándose al desenfreno y a la frenética danza de la lambada, con un mulato carioca en una escola de samba, por el que abandonó a Aureliano en plena farsa carnavalera.
Contrito, le pide perdón a su mujer y le jura que en Brasil ya está disponible la droga Unasolamina, de reciente aparición, de la cual se asegura que es capaz de bloquear la acción de los genes que predisponen a los hombres a ser infieles y actuar contra los elevados niveles de testosterona que hace a los varones muy vulnerables a las insinuaciones sexuales; que la mencionada droga modifica las costumbres de apareamiento de los promiscuos, asegurando una relación de por vida con una única pareja. Y, para obtener el perdón y recuperar a su familia, el Casanova descubierto jura a su mujer que está dispuesto a someterse al tratamiento para evitar caer en tentación de furtivos amores.
Pero quizá Aureliano de la Cruz Trespalacios nunca podrá cumplir el juramento. Al frente de su casa, una fría pistola Mágnum 9 milímetros permanece cargada y lista en las manos de un enfurecido cornudo de uniforme y medallas, que ha venido siguiendo la figura conocida, ahora esperando ansiosa que le aprieten el gatillo, tan pronto el infiel se asome a la ventana.
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© 2008, Francisco Restom Bitar
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25 de abril de 2008
FANTASMAS EN APURO - Francisco Restom Bitar
21 de marzo de 2008
LACRIMA CHRISTI - Francisco Restom Bitar
Era como un pájaro de alas rotas adherido a las paredes de un acantilado en la inmensidad de una noche oscura. Apenas se atrevió a dirigir unas palabras de arrepentimiento a quien se hallaba a su lado.
Ahora reza. Ora con devoción y con la esperanza de que, con sus súplicas, el Dios sobrenatural pueda salvar su alma errante que el destino arrastra. Pero la cruda realidad le susurra al oído que no tendrá manera de salvarse del inminente y trágico final.
Como ráfagas de tempestad llegan a su mente las escenas que había vivido. Sigue impresionado por la violencia absurda que estoicamente tuvo que presenciar. Traición, captura, tortura, dolor, angustias, agonía lenta y la inminente muerte de un inocente inquietaron su alma. Y llega el desasosiego, la ira, y ese gran nudo de tristeza en la garganta y lágrimas de dolor que aún quedan en sus ojos.
Ya casi sin fuerzas, desesperado y desesperanzado, aterido por el helaje de esa tarde tan negra como el peor de los sueños, inicia por decimocuarta vez la misma y única oración que recuerda. Se da por vencido y, como un malabarista en apuros, vuelve su rostro pálido hacia el abismo y abre sus brazos para dejarse caer en el vacío inevitable.
Ya tomando el rumbo de la muerte, piensa en su joven esposa y sus pequeñas hijas. Una corriente líquida empieza a correr en su interior. De súbito, fluye con vertiginosa rapidez y su volumen aumentado se transforma en la majestuosa corriente de un caudaloso río, un río más rojo que el más rojo de los ríos, salpicado de lágrimas que emergen rápidamente como impulsadas por brisas huracanadas.
Como atendiendo una orden invisible, el río llega al nivel salvador de las fuerzas de la vida. Lentamente se apaciguan sus aguas como guiadas por una mano divina que con mágico ademán transforma en un apacible lago cristalino de aguas rutilantes de donde emerge la luz celestial que bondadosa lo espera. ¡Oh, Gran Espíritu de los cielos! Ha llegado la anhelada salvación de este y la de millones de pecadores que han estado colgando de los malditos maderos.
Ahora siente la confianza y placidez que da estar en paz con Dios y con el mundo. Desea con fuerza irresistible llegar a este sitial sagrado llevado de la mano divina para nunca jamás olvidar ese inmenso poder de Aquél que derramó su sangre y sus lágrimas para salvarnos de las profundidades del abismo insondable.
Y allí mismo, en ese preciso instante, antes de soltarse en brazos de la muerte, siente la liberación de su agobiado espíritu al escuchar una voz moribunda que emerge de lo más profundo de las entrañas y le responde: "En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso".
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© 2008, Francisco Restom Bitar
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