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25 de abril de 2008

LA FIESTA - Manuel Orestes Nieto

La fiesta del viernes por la noche terminó como siempre. Los amigos se fueron bamboleando y ellos apagaron las luces.

El cubito de hielo, aún flotando en un dedo de ron, le dijo a la colilla de cigarrillo:

—¿Te diste cuenta? Toda la noche hablando de lo mismo. Todos los viernes repitiendo las mismas tonterías. Siempre los mismos chistes malos.

Y ella, sin comentarios, aburrida hasta el filtro, le dijo:

—¿Qué te parece si vamos a dar una vuelta, nos divertimos un poco y salvamos el resto de la noche?


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© 2008, Manuel Orestes Nieto
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4 de abril de 2008

CRIMEN Y CASTIGO - Manuel Orestes Nieto

La sombra decidió, por fin, lanzarse sobre el objeto que la proyectaba, cansada de existir subordinada, anónima y de intentar en vano ejercer su albedrío. Siempre lateral, oblicua, pisada sin ser vista y bidimensional; siempre oscura y, a la vez, larga, gorda, chata, filamentosa o imperceptible; siempre dependiente del sol, de focos, velas, linternas o fuegos. Nunca ella misma, nunca un gesto propio y autónomo.

Desplegando todo su cuerpo, dio un salto felino y arropó al objeto, sofocándolo hasta dejarlo inerte. Sintió, por primera vez, que podía moverse a su antojo, estirar los miembros, girar sobre sus pies, desplazarse. Sólo basta huir de la escena del crimen.

Pero al iniciar su ansiada carrera hacia la libertad se fue deshaciendo a pedazos, atravesada por la luz.


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8 de febrero de 2008

LOS AMANTES - Manuel Orestes Nieto

Fue inmensurable e intensa la vida para ambos.

Llegaron a conocerse hasta límites insospechados, tanto que muchas veces traspasaban las leyes normales de la naturaleza. No es que fuesen telépatas o tuviesen poderes extraordinarios. Simplemente fueron ganando en profundidad y certidumbre con los años. Sin mediar palabras, ella contestaba con certeza lo que él pensaba preguntarle y viceversa. El deseaba algo y en poco tiempo ella le complacía como si lo hubiese escuchado. Sabía el instante en que él abriría la puerta antes de que llegara. Podían saberlo casi todo uno del otro, en un ahorro de comunicación verbal, como si por otra forma de percepción tuviesen conocimiento mutuo de sus actos.

La tarde en que se antelaron a los hechos y ambos se miraron sin pestañear, en un instante anudado y cruel, tampoco fueron necesarias las palabras. Al unísono supieron lo que acontecía y juntos odiaron esa ganada capacidad que tanto tiempo les ahorró en la vida.

En la noche, ella, ecuánime, rompió el silencio y dijo: —Qué terrible, ¿no te parece?.

El contestó: —No es fácil saber que moriré así.

Y ella, como si su cuerpo levitara, flagelado por el insoportable dolor, añadió:

—Sí, tanto como lo imposible que será seguir viva después.


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