Conducía por Calidonia el auto que le debo al banco, y la he visto. Se bajaba por el lado del conductor de un carro doble tracción color champaña, con rines de lujo y tres hileras de asientos forrados con piel. Iba dentro de una blusita rosa y un diablo fuerte ceñido que, obsequioso, exponía al escrutinio público una carnalidad preciosa, firme y líquida a la vez, con unas joyas imperiales que hace treinta años no tenía. Se veía como una mujer hecha y derecha, de esas que no tienen prisas porque ya aprendieron a conjurar el incendio del volcán despierto que se agita en sus profundidades, y que sólo se desata en estropicio cuando ellas dan la voz de mando.
Llevaba el cabello recogido, lo que me permitió volver a mirar el cuello blanco y largo de otros tiempos, que ponía tenso cuando yo la aferraba para besarla a la fuerza, siendo entonces una niñita que todavía no soñaba con poseer el don de malabarista que se necesita para manejar el par de tacones que, esa tarde cuando la he visto, le hacían ver muchas pulgadas más alta de lo que realmente es.
"¡Cómo has cambiado, mujer!", dije en voz baja, pero con el tono de grito íntimo que tienen las lamentaciones cuando perdemos en la lotería. Y así fue que me sentí, un perdedor, y paso a explicar por qué.
Ella y yo fuimos lo que siendo púberes llamamos "novios", del tipo que surge en la escuela, cuando empiezan a gustarnos las chicas al mismo tiempo que nos molestan los pelos que aparecen como hierba mala por todo el cuerpo, cuando nos cambia la voz, y una y otra vez despertamos húmedos y verticales en las mañanas, mientras nos rehusamos a dejar las pistolas de salva, los trenes de juguete, y los muñecos G.I. Joe del vecino.
En ese tiempo la niña era flaca y bastante fea. Por eso aquel noviazgo para mí era temporal, como un diente de leche, que usaba para llegar a otra chica, una muchachota de cabellos largos y figura exuberante y salvaje que a todos nos traía locos. La flacucha me sirvió para obtener información estratégica sobre el objetivo: sus puntos débiles y sus fortalezas, sus gustos y fobias, virtudes y defectos y, por fin, el número de teléfono. Cuando tuve lo que quería, eché a un lado a la ingenua y pálida, de dentadura irregular atenazada con alambres, siempre aprisionada en aquella falda larga de convento, con voz de pajarita y ojos tristes que no hacían otra cosa que mirarme con boba languidez (en esos días yo era algo atlético, y mis buenas notas me tenían en posición privilegiada con algunas niñas). Le dije sin tapujos que me harté y que por favor no me llamara más. Hasta el sol de hoy ha sido así.
En aquellos días, cuando gocé con ser perverso y corrupto en los asuntos del corazón, cual político o empresario de hoy que usa la felicidad de otros como moneda de cambio para colmar sus voracidades, no me imaginé que ella se convertiría en el sol que vi aquella tarde. Nunca creí que debajo de la piel de esa chiquilla sin gracia se escondía semejante lindura, que esperó a que diera la espalda para salir a la luz, y vino a toparse conmigo una treintena de años después, provocándome el dolor de pecho que agobia a quienes, después de los sorteos de la lotería, se dan cuenta que tuvieron el billete ganador en sus manos, y lo desecharon en un repentino acceso de idiotez.
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© 2008, Eduardo Soto
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25 de abril de 2008
EL BILLETE GANADOR - Eduardo Soto
11 de enero de 2008
DE NIÑO ANTE UNA MUJER DESNUDA - Eduardo Antonio Soto
La primera vez que vi una mujer desnuda tenía ocho años y estaba escondido en un cuarto vecino, debajo de una mesa de comedor —esas de latón y sillas forradas con plástico multicolor que abundaban en las casas comunales—, y pretendía asustar a una muchacha muy guapa a quien le decíamos "Chela".
Ahí estuve metido no menos de 20 minutos, esperando que ella regresara tal vez de la tienda, decía yo, para salir de mi escondite dando alaridos. Sabía que ella se asustaría y hasta podría desmayarse de la impresión, y eso a los ocho años, cuando se es exquisitamente cruel, era expectativa fascinante.
La oí chancletear en el pasillo mientras el adolorido entablado crujía bajo sus pies, entró a su cuarto, tarareaba, y cerró la puerta. Mi corazón latía veloz, retumbando como tambor de guerra. Sólo le podía ver de la pantorrilla para abajo. Cuando estaba preparándome para aparecer en estampida de debajo de la mesa, y aferrarla por el tobillo con mi grito fantasmal, bien práctico y a flor de labios, vi que una toalla se deslizó desde lo alto.
Podría haber sido cualquiera otra la causa, pero en ese momento pensé que esa toalla había caído al suelo porque su dueña venía del baño y no de la tienda, y que en ese momento estaría sin ropa alguna a menos de un metro de mí. En esos largos ocho años de vida, las únicas mujeres desnudas que había visto eran mi madre y mi hermana, que para mí no eran féminas comunes ni corrientes, y representaban tanta fuente de erotismo como un sartén o un vaso con agua.
Con sigilo de guerrero ninja me asomé para ver si era verdad que no tenía nada puesto, y me encontré con esa estatua de caramelo, que desde abajo se veía monumental, ciclópea, el cuerpo todo tachonado con gotitas de agua pura, que parecían cápsulas con gelatina de diamantes dentro, y titilaban nerviosas cual lentejuelas de cristal. Era una joven saludable, con las carnes firmes y de buen color, propias de la primera edad. Pude fijarme en todo —más aterrado que admirado—: en sus nalgas musculosas, la dureza crítica del pecho de paloma, y la amplitud maravillosa de su espalda. Pero, principalmente, caí en la cuenta de aquel brillo azabache que manaba del exagerado musgo imperativo que llevaba aislado al sur de su hermosura.
Cuando dio la espalda para agacharse a buscar algo en el gavetero, tal vez su ropa interior, lo que vi provocó en mí un colapso de espanto. Tanto, que eché a correr. Fue una estampida frenética, que dejó tras sí un reguero de platos rotos, muebles caídos, cortinas rasgadas, y hasta una chancleta vieja que quedó como evidencia del delito en la escena del crimen.
Ella también se asustó, y le dijo a mi madre, cuando fue a poner la queja, que estuvo a punto de desmayarse por la impresión, así que parte de mi plan estuvo a un segundo de dar resultado. Ellas eran buenas amigas, así que terminaron riéndose a carcajadas de mi ocurrencia, pero nunca creyeron del todo que fuera producto de una travesura inocente que salió mal.
Con el tiempo aprendí que, aunque se tenga un buen plan, es bueno tener ideas alternas, para aplicar en caso que alguien se agache para darte un susto.
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© 2008, Eduardo Soto
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10 de agosto de 2007
DESPRENDIMIENTO - Eduardo Soto
no se saldrán con la suya...
—Virginia Wolf, La señora Dalloway
Hela ahí: borracha y solitaria. No sé cuándo empezó. ¿Tendríamos un año juntos? Quizá fue cualquier día de esos que la dejé sola. Ya saben... El trabajo. Una botella. Dos: ¡estropicio! No supo parar, y ahora necesita un trasplante. He-pa-ti-tis, repitió el doctor cuando me vio en shock. Y –frío, cruel–, agregó las palabras muerte y fulminante, mientras señalaba con el dedo el espantajo grotesco y varicoso en la radiografía. Era su hígado. Enseguida decidí marcharme. Ustedes entenderán... La amo, y no puedo verla así. Sólo espero que alguno de ustedes encuentre este ensangrentado papelito de advertencia... Junto a la pistola y mi ficha de donante.
Avenida Cuba, Panamá, septiembre de 2001
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© 2007, Eduardo Soto.
Tomado del libro "Cuentos nada más" (UTP, Panamá, 2004)
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