11.4.08

TORREJITAS DE MAÍZ - Melanie Taylor

Debo hacer las cosas con mucho cuidado, porque si se va a infligir dolor debe hacerse de manera delicada y no burdamente como si se embadurnara un lienzo a punta de brochazos caprichosos. Mi abuela y mi tía Enilda no entienden eso. Andan por ahí pensando que no las escucho. Sólo ayer mientras descansaba en mi cama, se asomaron con cuidado a la puerta, y pensando que no las oía empezaron a cuchichear.

—Mírala, mamá —decía mi tía Enilda—. Echada allí sin decir ni pío desde que ese sinvergüenza la dejó. No se queja, no llora, no grita. No hace nada sino andar por los rincones como buscando yo no sé qué.

—¡Es que hay cada quién, hija! Yo ya le hubiera ido a cantar las cuatro verdades a ése. Tú conoces mi carácter, Enilda —respondió enérgicamente mi abuela.

Yo las dejo hablar y preocuparse: así me estorban menos. Toda la semana he estado recolectando las espinas de los pescados que la abuela fríe. Lentamente he ido colocando una espina tras otra en una pequeña caja. También de forma discreta he ido arrancando las espinas de los rosales de mi tía Enilda. Algunas veces me he herido en esta tarea, pero me contento enseguida sabiendo mi objetivo.

Al fin tengo suficientes espinas. Antes de dormir las contemplo en la cajita en la que descansan imaginándolas al clavarse como sanguijuelas a la carne. Luego ha venido la tarea más difícil, preparar la masa para las torrejas de maíz. La abuela se ha sorprendido, pues poco interés le he puesto hasta ahora a la cocina. He desgranado y molido el maíz y he confeccionado la más suave de las masas. Cuando ha estado lista le he colocado las espinas. Finalmente echo las torrejas al aceite hirviente donde se tornan doradas. Con esmero las saco del sartén y las coloco en una vasija muy bonita de color jade. Ahora que está todo listo, debo arreglarme.

Me hago el moño que tanto le gustaba a Manuel y me pongo el vestido azul que me sienta tan bien. Luego me pinto despacio la boca de rojo. Recojo la vasija y salgo sonriente por la puerta ante las miradas sorprendidas de mi abuela y mi tía. No saben que mi alegría se debe a que voy donde Manuel. Cuando llegue le diré que he comprendido todo, que entiendo y que en señal de amistad le traigo estas frituras que tanto le gustan. Y él, sintiéndose culpable, tomará las torrejas y con premura se las llevará a la boca. Y mientras mastique el dolor le transfigurará el rostro e hilillos de sangre saldrán por sus labios, y yo estaré allí sentada frente a él, serena y risueña, viéndolo sufrir.


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© 2008, Melanie Taylor
Tomado de "Tiempos acuáticos" (UTP, 2000)
Puedes saber más de la autora [[AQUÍ]]
www.miniTEXTOS.org

3 comentarios:

Songo dijo...

Este cuento es de antología!

Isabel Castaño dijo...

qué maravilloso regalo. Gracias, Melanie Taylor

Anónimo dijo...

Los que quieran ver un video de este fabuloso cuento, pueden acceder a www.youtube.com, con el nombre del cuento. Saludos.
Ariel Barría A.