14.12.07

PUNTO FINAL - Marcelo Galliano

Y entonces ninguna culpa por el alivio, por concluir el rancio ritual de la congoja. Si nada fue gratis...: la carga incomprensible de verla irse, de saber que era temprano pero tarde, de imaginar su mirada improbable en la habitación 28.

"El padre de", ese era mi nombre. Tanta veces tuve ganas de apuntar a los entrecejos de esos tipos de blanco y perforarlos con: ¿padre de qué?

No; no había fuerzas para tanto reproche, las que quedaban se iban en cada Gitanes babeado en las vigilias de esos pasillos —donde fumar era cantarle un falta envido a la muerte—, y en las ojeadas tristes a la muñeca traspasada de tubos, a sus hilachas de pelo mustio derramadas en la almohada húmeda, a su piel blancuzca como un durazno de lluvia.

Dolor. Así, sin mucho que agregar, sin ningún adjetivo amarillento que lo aplacara con dos o tres sílabas en un vaso de agua cada ocho horas, cada tres o cuatro frases.

Luego todo en uno se multiplica. No bastan dos oídos, hay que escuchar cada susurro, cada comentario, cada puerta que se abre, cada hoja que se garabatea. No alcanzan dos ojos, hay que mirarla con diez, con veinte, con cincuenta, hay que escrutarle las cejas, las mejillas y los labios, inventariar sus mínimos movimientos, seguir la oscilación de su pecho, memorizar su rostro para que no se pierda en el olvido. Hay que tener mil brazos para obstruir el tiempo, ser mago para que todo se detenga. Se puede, sí, sí; lo digo yo que estuve horas, días, siglos pujando con el hígado para que el pétalo lastimado no se cayera, acunándolo entre mis párpados sin chistar, sin tocar, sin soñar, porque quién sabe... Quién sabe si en ese filo delgado entre la nada y el todo alguien escucha el llanto, el ruego, el "Padre nuestro que estás ¿cómo sigue?, santificado sea no hubo cambios, venga a nosotros qué dicen los médicos, hágase tu voluntad..."

Era fresca la mañana en que el zapateo inútil de las corridas en su habitación me despertó. Las pupilas vacías que se apartaban de su cuerpo ahora yerto, me dijeron lo que no necesitaba escuchar.

Un rayo de luz, incómodo y soberbio, se colaba por una ventana. Lo imaginé Dios, no sé, acaso una tontería. Me acerqué, lo miré fijo, y sin ningún reparo le dije: "Gracias".


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© 2007, Marcelo Galliano
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